El corrector siempre había creído que su función era sencilla.
Cubrir.
Nada más.
Una palabra equivocada.
Una fecha mal escrita.
Una dirección.
Un nombre.
Una pequeña mancha que no debía estar allí.
Bastaba con pasar su punta sobre ella y esperar unos segundos.
Blanco.
Limpio.
Como si nunca hubiera ocurrido.
Por eso no le gustaban las hojas difíciles.
Aquellas que tenían demasiadas marcas.
Demasiadas cosas que corregir.
Aquellas donde la tinta parecía multiplicarse cada vez que alguien intentaba esconderla.
Pero había una hoja que le gustaba especialmente.
Era una hoja bonita.
Siempre estaba sobre el mismo escritorio.
Junto a otra hoja.
Durante mucho tiempo permanecieron una al lado de la otra.
Sin separarse.
Al menos eso parecía.
La primera señal fue pequeña.
Una palabra escrita con tinta azul.
"Te extraño."
El corrector la observó.
No era un error.
Pero la mano lo cubrió.
—No importa.
Una pasada.
Blanco.
Después escribieron encima:
"Te quiero."
El corrector se sintió satisfecho.
Aquello sonaba mejor.
Más limpio.
Más correcto.
Después apareció una fecha.
Una tarde.
Una hora.
Un lugar.
La hoja la miró durante mucho tiempo.
El corrector también.
La mano permaneció inmóvil.
—Debe ser una equivocación.
El corrector quiso creerlo.
Y cubrió la fecha.
Una capa.
Después otra.
La mano escribió encima otra fecha.
Una diferente.
Más conveniente.
El corrector no preguntó por qué.
Los errores ocurrían.
Eso era normal.
Con el tiempo aparecieron otras cosas.
Un número desconocido escrito en el margen.
Una fotografía doblada entre las páginas.
Un recibo que no correspondía.
Un perfume que no pertenecía a aquella hoja.
Una ausencia.
Dos horas sin explicación.
Tres.
Una noche entera.
Cada vez, el corrector esperaba.
No porque quisiera saber.
Sino porque quería que alguien le dijera que no era importante.
Y siempre encontraba una respuesta.
—Es trabajo.
—Es un amigo.
—Estás imaginando cosas.
—No significa nada.
—No exageres.
Entonces el corrector trabajaba.
Cubría.
Una línea.
Una palabra.
Una fecha.
Un nombre.
Cada capa blanca le producía alivio.
Porque mientras las marcas desaparecieran de la superficie, no había nada que mirar.
Una mañana apareció otro nombre.
Esta vez estaba escrito con una familiaridad distinta.
No era una palabra cualquiera.
La tinta parecía más oscura.
Más cuidada.
El corrector se quedó quieto.
La mano también.
Durante unos segundos nadie hizo nada.
Después la mano lo cubrió.
Pero no escribió encima.
Solo dejó el blanco.
El corrector sintió algo extraño.
Porque la hoja seguía teniendo una marca.
No visible.
Pero presente.
Como una palabra debajo de otra.
Como una pregunta que nadie quería terminar.
La mano pasó un dedo sobre el corrector seco.
—No hay nada.
El corrector quiso estar de acuerdo.
No había nada.
Nada.
Entonces comenzaron las grietas.
No en el corrector.
En la hoja.
Cada vez que cubría algo, el papel se volvía un poco más grueso.
Las capas se acumulaban.
Y debajo de ellas podían sentirse pequeñas elevaciones.
Una fecha.
Un nombre.
Una frase.
Un mensaje.
El corrector ya no necesitaba verlos para saber que estaban allí.
Pero seguía cubriéndolos.
Porque descubrir algo era una cosa.
Aceptar lo que significaba era otra.
Una tarde la hoja permaneció sola.
La otra hoja estaba lejos.
El escritorio parecía demasiado grande.
Había espacio entre ambas.
Antes no lo había.
El corrector miró ese espacio.
Era pequeño.
Apenas unos centímetros.
Pero parecía interminable.
La mano tomó el corrector.
Lo acercó a la superficie.
No había nada escrito.
Nada que cubrir.
Y aun así pasó la punta sobre el espacio vacío.
Una vez.
Otra.
Otra.
Blanco sobre blanco.
El corrector se detuvo.
Por primera vez comprendió que no siempre hacía falta una palabra para señalar que algo estaba mal.
A veces bastaba con el espacio que alguien dejaba.
Después llegó otra frase.
"Ya no es como antes."
La mano la leyó.
No la cubrió inmediatamente.
El corrector esperó.
Quizá aquella vez no tendría que intervenir.
Quizá aquella vez la hoja sería dejada intacta.
Pero la mano comenzó a temblar.
—Todos cambiamos.
Y cubrió la frase.
"Solo estamos cansados."
Blanco.
"Es una etapa."
Blanco.
"Va a mejorar."
Blanco.
Cada explicación recibió su propia capa.
Hasta que la hoja quedó nuevamente limpia.
El corrector estaba orgulloso.
Había conseguido borrar una conversación entera sin dejar una sola palabra visible.
Sin embargo, algo había cambiado.
La hoja ya no era blanca.
Era blanca sobre blanco.
Una superficie gruesa.
Irregular.
Llena de pequeñas montañas debajo de las cuales dormían todas aquellas cosas que nadie había querido mirar.
El corrector comenzó a sentirse pesado.
No físicamente.
De otra manera.
Como si cada capa que había puesto sobre la hoja se hubiera quedado dentro de él.
Una noche apareció una última señal.
No era un nombre.
No era una fotografía.
No era un mensaje.
Era una frase corta.
Escrita en la parte inferior de la hoja.
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Editado: 09.09.2026