El corredor Oscuro

CAPÍTULO 1 LA ÚLTIMA RECOLECCIÓN

La isla de Providence siempre olía a dos cosas al caer la noche: a mar y a mentira.
El viento arrastraba el olor salado desde la costa oeste, donde las luces de los hoteles seguían encendidas como si la fiesta nunca terminara, mientras que en los barrios que no aparecían en los folletos turísticos, la oscuridad cargaba un aroma distinto, más espeso, más real. Zeke Martell aprendió a distinguir ambos desde niño.
Ahora, con veintidós años y un uniforme de vigilante que le quedaba un poco grande en los hombros, se preguntaba si ese olor a mentira también impregnaba el lugar donde trabajaba: el Centre Hospitalier Universitaire de Saint Mer, el CHUSM. El complejo médico más grande, más moderno y más respetado de la isla. Al menos en apariencia.
Esa noche, mientras marcaba su hora de entrada en la caseta de seguridad, Zeke no podía evitar sentir que algo se movía bajo la superficie de ese edificio enorme, de sus pasillos impecables, de su morgue siempre fría.
—Turno largo hoy —le dijo el supervisor, un hombre ancho y callado llamado Tiberon. Nadie sabía si ese era su nombre real o solo su apodo.
Zeke asintió, guardando la libreta en el bolsillo.
—Las noches de martes siempre lo son.
Tiberon soltó una risa baja, como si supiera algo que Zeke no sabía.
—Aquí cualquier noche puede volverse larga, muchacho. Mantén los ojos abiertos. El hospital no duerme.
Zeke quiso responder, pero Tiberon ya estaba caminando hacia la salida. Él se quedó unos segundos respirando el aire pesado de la caseta. A veces pensaba en renunciar. Pero el sueldo era mejor que cualquier cosa que hubiera conseguido antes, y a su hermana menor le hacía falta tratamiento dental, así que no podía darse ese lujo.
Ajustó su cinturón, revisó que la linterna funcionara y salió a patrullar el perímetro.
El CHUSM estaba compuesto por varios edificios conectados entre sí mediante pasarelas de vidrio iluminadas por luces de emergencia. Desde afuera, parecía un pequeño aeropuerto: movimiento constante, vehículos entrando y saliendo, ambulancias esperando bajo los reflectores.
El turno de Zeke comenzaba siempre igual: un circuito alrededor de la zona de carga y el estacionamiento del personal aledaño al ala de patología.
La morgue.
Zeke trataba de no demorar mucho allí.
No porque le diera miedo —al menos eso decía cuando se reunía con otros vigilantes— sino porque algo en ese lugar le generaba un rechazo visceral. Era un frío distinto. No era el frío del aire acondicionado que fallaba cada semana. Era un frío que venía de dentro de las paredes.
Esa noche, sin embargo, algo diferente llamó su atención.
Había un camión estacionado justo en la entrada de carga del sótano, un camión que no llevaba el logo del hospital ni ningún número de identificación. Las luces interiores estaban apagadas, pero la carrocería relucía bajo los reflectores como si hubiera sido lavada recientemente.
Zeke frunció el ceño.
No había visto que ese camión hubiera entrado durante el día.
Tampoco estaba programada ninguna recolección de insumos médicos para esa noche.
Se acercó con pasos lentos, manteniendo la mano cerca de la radio en el cinturón.
No veía a nadie alrededor.
Solo la presencia imponente del vehículo, acompañado del zumbido de los transformadores cercanos y el eco de su propio aliento.
—¿Hola? —dijo, más para romper el silencio que esperando respuesta.
Nada.
La puerta trasera estaba cerrada. El candado parecía nuevo. Había marcas en el suelo: huellas, arrastre, quizá cajas pesadas. Zeke alumbró con la linterna, siguiendo las marcas hasta la rampa que descendía a la morgue.
Algo dentro de sí le gritó que diera media vuelta.
Pero se obligó a continuar.
Era su trabajo.
Se inclinó, tocó las marcas con los dedos: húmedas, recientes. El olor metálico le llegó un segundo después. No lo reconoció enseguida, pero lo sintió en el estómago.
No era sangre.
No exactamente.
Era algo más tenue, como el olor de instrumentos quirúrgicos recién usados.
Zeke retrocedió.
—¿Quién está ahí? —preguntó, esta vez con un tono más fuerte.
Una puerta metálica se cerró de golpe en la parte inferior de la rampa. El sonido resonó en toda la estructura como un trueno vacío. Zeke dio un respingo. Su mano fue a la radio inmediatamente.
—Seguridad para Torre Este, ¿alguien registra actividad en la morgue? Terminado.
Estática.
Luego, una voz distorsionada:
—Actividad normal. Personal autorizado. No te preocupes, novato. Terminado.
Zeke apretó los dientes.
No era la voz de ninguno de los vigilantes que estaban de turno esa noche.
Y nadie en su equipo lo llamaba “novato”. Solo Tiberon.
Pero Tiberon ya se había ido.
—¿Quién es? —preguntó, manteniendo la radio en alto—. Identifíquese.
La radio se quedó muda.
El silencio le devolvió un eco desagradable.
Zeke soltó aire por la nariz, irritado. Algo no encajaba, pero no tenía autoridad para ir más allá. Recordó lo que Tiberon solía decirle:
“El CHUSM es un hospital, Zeke, no un cuartel militar. La mitad de las cosas que pasan aquí no te incumben.”
Pero esa frase nunca lo había convencido.
Con la mirada fija en la rampa, decidió continuar su patrulla. Sin embargo, antes de alejarse, ocurrió algo que le heló la sangre.
Desde detrás de la puerta que daba a la morgue, se escuchó un golpe sordo.
Luego, otro.
Como si algo —o alguien— estuviera tratando de salir.
Zeke se quedó congelado.
El tercer golpe fue más fuerte, más desesperado.
El joven apretó la linterna hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Hola? —dijo, con la garganta seca.
Los golpes cesaron.
Y en ese instante, una voz resonó desde adentro. Una voz apagada. Debilitada. Apenas audible. Pero sin duda humana.
—…ayuda…
Zeke retrocedió dos pasos de golpe, la linterna temblándole en la mano.
El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en los oídos.
Miró hacia el camión.
Miró hacia la rampa.
La voz volvió, ahora un poco más clara.
—…por favor…
No había duda.
Iba a abrir esa puerta. Aunque lo despidieran. Aunque lo arrestaran. Aunque lo que hubiera al otro lado fuera lo peor que podía imaginar.
Se acercó a la puerta metálica y tomó el picaporte rígido.
—Estoy aquí —susurró—. Voy a ayudarte. Aguanta un segundo más.
Pero justo cuando estaba por abrir…
Una mano enorme cayó sobre su hombro desde atrás.
Zeke pegó un brinco y casi cayó al suelo.
—Tranquilo, muchacho —dijo Tiberon, su tono grave—. Creí que te habías ido a dormir parado.
Zeke respiraba agitado.
—Tib… hay alguien ahí dentro. Alguien está pidiendo ayuda.
El supervisor entrecerró los ojos.
Miró la puerta con un gesto que Zeke no supo descifrar.
Luego dijo:
—No hay nadie ahí. Estás cansado. Lo que escuchaste fue el sistema de ventilación. Está dañado desde el ciclón de febrero.
Zeke negó con fuerza.
—No, no fue ventilación. Era una voz. Dijo “ayuda”.
Tiberon lo miró fijamente.
Una mirada dura.
Una mirada que decía “no te metas”.
—Zeke —dijo Tiberon, apretando el hombro del joven—. Escúchame bien.
Aquí no escuchaste nada.
Aquí no viste nada.
Sigue tu ronda.
¿Entendido?
Zeke dio un paso atrás.
—Tiberon… hay alguien—
El supervisor levantó la mano en señal de silencio.
—Entendido, Zeke.
El chico sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sabía si por la voz de Tiberon o por la sensación de que la puerta metálica los estaba mirando.
Finalmente, asintió.
Tiberon dio media vuelta.
—Una recomendación —añadió—. No vuelvas a bajar solo a la morgue.
Hay turnos donde es mejor no saber demasiado.
Zeke se quedó quieto mientras Tiberon se alejaba. Quiso llamarlo, quiso insistir, quiso abrir la puerta, pero sus manos no respondieron. Algo dentro de él —un instinto primitivo— le decía que no lo hiciera.
Que no estaba preparado para ver lo que había al otro lado.
Se obligó a caminar hacia el estacionamiento, pero en cuanto dio los primeros pasos, escuchó un sonido nítido, tan claro que detuvo su respiración.
Alguien, desde la morgue, dijo su nombre.
—…Zeke…
El joven se volteó.
La puerta ya no tenía ninguna rendija de luz debajo.
El camión seguía allí.
Y la isla, por primera vez en su vida, le pareció demasiado pequeña para escapar.
El nombre se desvaneció en el aire cálido, como si hubiese sido arrastrado por una brisa que no existía.
Zeke sintió que el sudor le corría por la frente y que la camisa del uniforme se le pegaba a la espalda. No sabía si estaba asustado o furioso. Tal vez ambas cosas.
Por un segundo consideró correr detrás de Tiberon, pero algo lo detuvo. Algo más profundo que el miedo. Algo parecido a la certeza de que, si no enfrentaba lo que estaba en esa puerta, jamás volvería a dormir tranquilo.
Inhaló.
Contuvo el aire.
Y dio un paso hacia la rampa nuevamente.
—Zeke… —la voz fue apenas un susurro, pero esta vez no había duda: provenía del otro lado de la puerta.
El joven apretó los dientes.
—¿Quién eres? —preguntó, casi en un gruñido.
No hubo respuesta.
Zeke avanzó un paso más.
La linterna iluminó la manija metálica.
El frío volvió, más intenso que antes.
El tipo de frío que uno siente justo antes de abrir un refrigerador viejo, de esos que usan los pescadores para almacenar kilos de hielo y pescado muerto. Un frío que no reacciona a la temperatura ambiente. Un frío que viene de muy adentro.
La mano de Zeke estaba a milímetros del picaporte cuando detrás de él, desde la entrada del estacionamiento, escuchó pasos rápidos.
—¡Zeke! —la voz era femenina, urgente.
Él se giró y vio a Clara Duval, una residente del área de enfermería que normalmente hacía turnos nocturnos. Siempre tenía ojeras, pero era una de las pocas personas del CHUSM que le hablaba con amabilidad.
—¿Qué haces aquí abajo? —preguntó ella, apretando una carpeta contra el pecho.
Zeke parpadeó, fuera de sí.
—Hay… alguien ahí dentro —dijo, señalando la puerta—. Alguien me llamó por mi nombre.
Clara frunció el ceño.
Miró la rampa.
Luego a él.
—Zeke… esa es la morgue. Nadie debería estar ahí salvo el personal de turno. Y no hay nadie programado para esta hora.
—Lo sé —dijo él entre dientes—. Pero escuché—
La puerta volvió a emitir un golpe seco.
Clara saltó.
—¿Qué fue eso?
—Lo que intento decirte —respondió Zeke—. No suena a maquinaria. No suena a ventilación. Suena a… a alguien.
La residente tragó saliva.
Miró alrededor, como si temiera que alguien más estuviera escuchando.
—Zeke… vámonos. Ahora. No deberías estar aquí.
El joven la miró con incredulidad.
—¿También tú? ¿Qué diablos está pasando en este hospital? ¿Por qué nadie quiere que mire lo que pasa aquí abajo? ¿Qué es lo que ustedes saben?
Clara apretó la carpeta con tanta fuerza que los bordes de plástico se doblaron.
—No lo sé. No quiero saberlo. Y tú tampoco deberías.
La puerta lanzó un cuarto golpe.
Mucho más fuerte.
Clara retrocedió hacia las escaleras.
Zeke se quedó ahí, dividido entre dos impulsos:
abrir o huir.
Pero antes de que cualquiera de los dos pudiera elegir, algo ocurrió.
Desde el nivel superior del estacionamiento, una luz empezó a acercarse. Era tenue al principio, pero luego se definió en los faros de una moto negra, que descendió la rampa lentamente como una sombra rodante.
Zeke entrecerró los ojos.
El conductor llevaba un casco negro completo, sin visor transparente, sin identificación.
La moto no tenía placas visibles.
Clara palideció.
—No —susurró—. No, no, no…
Zeke frunció el ceño.
—¿Lo conoces?
Clara negó con la cabeza.
—No, pero… esa moto… esa moto la he visto antes.
El motor se apagó a escasos metros de ellos.
El silencio que quedó después fue aún peor.
El conductor bajó de la moto despacio.
Sus botas resonaron en el concreto húmedo.
Zeke sintió un impulso de ponerse delante de Clara, pero su cuerpo no se movió. Estaba congelado de manera instintiva, como un animal que sabe que cualquier movimiento puede convertirlo en presa.
El hombre del casco se quedó quieto frente a ellos.
No habló.
Solo inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado.
Clara dio un paso atrás.
Zeke tragó saliva.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó, tratando de mantener la voz firme.
El hombre no respondió.
Solo levantó una mano en dirección a la puerta de la morgue, como si señalara que quería acceder.
Zeke retrocedió un paso.
—Esa zona está restringida —dijo—. Si necesita entrar, debe mostrar una credencial.
El hombre tampoco habló.
Pero su gesto cambió.
Giró lentamente la muñeca y apuntó hacia el camión estacionado fuera.
Luego hacia la puerta.
Luego hacia Zeke.
Como si le estuviera dando una orden.
Zeke apretó la mandíbula.
—No tienes autorización —repitió.
El hombre inclinó la cabeza hacia el otro lado.
Y finalmente habló.
Su voz era grave, distorsionada por un modulador dentro del casco.
—Abre.
Clara ahogó un grito.
Zeke avanzó un paso sin pensarlo.
—No —dijo, sintiendo una fuerza que él mismo no entendía—. No voy a abrir hasta que—
No logró terminar la frase.
El hombre dio un solo paso hacia adelante, y el movimiento fue tan rápido, tan silencioso, tan predatorio, que Zeke dio un salto hacia atrás.
Clara chilló.
El hombre alzó un dedo frente a la puerta otra vez.
—Abre —repitió.
Zeke sintió cómo la adrenalina le punzaba en las sienes.
Podía atacar.
Podía correr.
Podía desobedecer.
O podía obedecer y enterarse al fin de qué demonios ocurría dentro del CHUSM.
Pero antes de que tomara una decisión, desde la radio prendida en su cinturón sonó una voz que no había escuchado en años.
Una voz que solo escuchó una vez antes…
cuando vino a dejar su solicitud de empleo.
—Martell —dijo la voz, áspera como grava—. No abras esa puerta.
Zeke sintió un escalofrío.
Esa era la voz del director Méndez, el jefe de seguridad del CHUSM.
Un hombre al que todos temían y que nunca se comunicaba directamente.
Nunca.
La voz continuó:
—Aléjate del área. Inmediatamente.
El hombre del casco giró la cabeza hacia la radio.
Luego hacia Zeke.
Levantó la mano lentamente…
…y se la apoyó en el hombro.
No con violencia.
No con amenaza explícita.
Sino con un gesto inquietantemente familiar.
Como si lo conociera.
Zeke retrocedió, desconcertado.
En ese momento, detrás de la puerta metálica de la morgue, la voz volvió a sonar:
—Zeke… ayúdame…
Clara rompió a llorar.
La moto encendió el motor con un rugido profundo.
El hombre subió, dio media vuelta y aceleró hacia la salida sin mirar atrás.
Zeke corrió hacia la puerta de la morgue.
Agarró la manija.
La intentó abrir.
Nada.
Bloqueada desde adentro.
Golpeó la puerta con el puño.
—¡Oye! ¡Oye! ¡Estoy aquí! ¡Dime quién eres!
No hubo respuesta.
El silencio volvió a ocupar todo el espacio.
El camión seguía ahí.
La marca húmeda seguía en el suelo.
Tiberon seguía desaparecido.
Y la noche seguía oliendo a mar y mentira.
Clara lo tomó del antebrazo.
—Zeke… tenemos que irnos. Ahora. No es seguro aquí.
Zeke se quedó mirando la puerta un segundo más.
Luego asintió lentamente.
—Tienes razón —susurró.
Pero mientras se alejaban, no pudo evitar mirar hacia atrás.
Y en ese instante, juró que la puerta de la morgue…
acababa de moverse.
Apenas un milímetro.
Pero suficiente para dejar escapar una bocanada de aire frío.
Un frío que no pertenecía al mundo de los vivos.




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