El corredor Oscuro

CAPÍTULO 2 LA MORGUE QUE RESPIRA

La madrugada siguiente, el sótano del CHUSM tenía un olor diferente.
Un olor denso, como una mezcla de cloro industrial y óxido viejo.
Zeke Martell descendió los escalones con una sensación fija en el estómago: la certeza de que el hospital sabía guardar secretos… y que él había rozado uno la noche anterior.

El pasillo estaba más silencioso de lo habitual.
No el silencio “natural” del turno nocturno —ese que dejaba escuchar la vibración de los generadores y el goteo de alguna tubería— sino un silencio tenso, contenido, como si el edificio estuviera observándolo.

Zeke pasó la linterna por el piso y se detuvo.
La marca seguía allí.

La mancha húmeda que había visto la noche anterior.
Había sido limpiada, sí. Pero no del todo.
Quedaban bordes difusos en el concreto, como si alguien hubiera intentado borrarla con prisa.

Se agachó, rozó el borde con los dedos: polvo mezclado con algo que no quería identificar.

—Martell.

Zeke se enderezó de golpe.
Era Tiberon, el supervisor, saliendo desde el pasillo lateral que conducía a la sala de registros clínicos.

—Llegas temprano —comentó el hombre, sin emoción.

Zeke tragó saliva.
Aún no sabía cómo hablarle después de lo de... lo de anoche.

—Quería… revisar algo.

Tiberon ladeó la cabeza, estudiándolo.

—La morgue no es parte de tus responsabilidades.
Ya te lo dije.

Zeke mantuvo la mirada firme.

—Escuché ruidos. Y había un camión sin identificar. Y alguien… alguien me habló. Desde dentro.

Tiberon no parpadeó.

—Anoche no estuve en turno.

Zeke lo miró, sorprendido.

—Pero te vi. Justo aquí. Me hablaste.

El supervisor arrugó la frente.

—Martell. Yo me fui a las once. Puedes revisar el registro.
No he pisado este sótano desde ayer.

Algo frío recorrió el cuerpo de Zeke.

—No puede ser —murmuró.

Tiberon suspiró.

—Muchacho… anoche estabas cansado. Estas cosas pasan. Te lo digo por experiencia. Este lugar… puede jugarte trucos. Y tú eres nuevo.

Zeke quiso protestar, pero algo en los ojos de Tiberon le dijo que no avanzaría nada.
No esa mañana.

—Sube al nivel tres —ordenó el supervisor—. El ala pediátrica necesita refuerzo por falta de personal.

—Pero—

—Martell —interrumpió, con voz grave—. No sigas insistiendo en cosas que no entiendes.

El tono no era de advertencia.
Era una amenaza velada.

Zeke apretó la mandíbula… pero obedeció.
Por ahora.

Se dio media vuelta y subió las escaleras.
Pero al llegar al rellano del primer piso, vio algo que lo obligó a detenerse:

Un carrito metálico, de esos que usan para transportar insumos médicos, detenido junto a un ascensor de servicio.

Cubierto con una lona verde.

Nada extraño, en apariencia.
Hasta que Zeke pasó junto a él.

El olor.

Ese olor.

No al formaldehído clásico de la morgue.
No al desinfectante de quirófano.

Era un olor dulce, pesado…
el olor de carne humana en proceso de degradación.

Zeke se detuvo.

Miró el carrito.

Miró la lona.

No debía.
No era parte de su trabajo.

Pero algo dentro de él —algo más fuerte que la prudencia— lo empujó a levantar un borde de la tela.

Solo un centímetro.

Solo para comprobar.

La linterna iluminó un fragmento de piel grisácea.
Un dedo.
Un anillo metálico.
Y una etiqueta mal pegada con un número que, según sabía Zeke, la morgue no usaba.

No era un número de registro.
Era más corto.
Más simple.
Como si no perteneciera al sistema hospitalario.

Zeke dejó caer la lona de golpe.

El ascensor se abrió detrás de él.

Una enfermera del turno nocturno lo miró con expresión cansada.

—¿Todo bien? —preguntó.

Zeke tragó saliva.

—Sí… lo siento.

—Ese carrito debe ir al sótano —dijo la mujer, señalando la lona—. ¿Puedes ayudarme a bajarlo?

Zeke se quedó inmóvil.

—¿Es… material para autopsias?

La enfermera frunció el ceño.

—¿Qué? No. Son desechos quirúrgicos del ala de urgencias. Se enviarán para incineración mañana.

El joven sintió el corazón latirle en las sienes.

Desechos.
Claro.

Un dedo.
Con anillo.
Clasificado como desecho.

Zeke asintió lentamente.

—No, gracias. Tengo asignación en pediatría.

La enfermera lo observó un segundo más, como si evaluara si debía insistir.

Pero algo en el rostro del joven la convenció de dejarlo ir.

—Descansa un poco, muchacho —dijo antes de empujar el carrito al ascensor—. No te sobrecargues. Este hospital puede hacerte ver cosas donde no las hay.

Zeke no respondió.

Solo vio cómo las puertas se cerraban y el ascensor descendía… rumbo al mismo sótano del que él acababa de huir.

En el pasillo del tercer piso, la luz natural entraba por las ventanas, iluminando la pared con reflejos cálidos. Pero el contraste entre el mundo de arriba y el de abajo se sentía más violento que nunca.

Mientras caminaba con una carpeta en la mano para disimular su tensión, Zeke escuchó voces de estudiantes de medicina saliendo del anfiteatro de práctica.

—Hoy nos tocó un cuerpo completo —dijo una estudiante, riendo nerviosa—. Creí que nos darían partes aisladas, no un cadáver entero.

—La profe Yvette dijo que es material “donado” —respondió otro—. Aunque… ¿quién dona su cuerpo para esto en esta isla?

—Turistas —sugirió alguien más—. Gente que muere fuera de casa. O indigentes. No sé.

Zeke se detuvo.

Sintió cómo algo en su pecho hacía “clic”.

Turistas.
Indigentes.
Cuerpos completos.

Todo dicho en un tono casual.
Natural.
Como si fuera lo más normal del mundo.

Se acercó a la sala del anfiteatro.
Desde la puerta entreabierta podía ver una mesa metálica, cubierta parcialmente por una sábana blanca.
Había dos estudiantes aún adentro, conversando mientras guardaban instrumentos.




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