La mañana siguiente amaneció pesada, como si un cielo entero hubiera caído encima de la isla de Providence. El viento marítimo, usualmente cálido y salpicado de olor a sal, traía consigo un aroma extraño, casi metálico. Zeke Martell caminaba hacia el CHUSM con las manos hundidas en los bolsillos, tratando de ignorar la sensación de que alguien lo observaba desde una esquina invisible de la ciudad.
El turno anterior no lo dejaba respirar.
La camilla negra.
Los hombres sin identificación.
El director Méndez advirtiéndole como si ya supiera su destino.
Y aquel objeto bajo la lona del carrito con el olor inconfundible de la muerte.
Pero había algo más.
Algo más pesado.
Algo que solo él conocía.
El tatuaje.
El tatuaje que había visto en el cadáver incompleto del anfiteatro.
Un pez azul con una cicatriz blanca atravesándolo.
Un diseño rudimentario, hecho a mano, pero demasiado distintivo.
Zeke lo había visto antes.
Sabía exactamente en qué brazo vivía ese tatuaje en vida.
En el brazo derecho de Simón “Mono” René, un reciclador habitual en el área del CHUSM. Un hombre flaco y amable, siempre con una bolsa grande de botellas y latas, siempre saludándolo con una sonrisa sin dientes.
Simón…
que anoche no apareció.
Simón…
que entró al hospital invitado por dos vigilantes.
Simón…
que nunca salió.
Zeke lo había visto subir al área de carga con los hombres del camión, pensando que venía por “material reciclable”, como siempre. Lo había visto bromear con ellos.
Esa noche, sin embargo, no lo vio bajar.
Hoy debía confirmarlo.
En el CHUSM, la mañana avanzaba con una calma rutinaria. Enfermeras cruzaban los pasillos con bandejas, doctores jóvenes corrían de un lado a otro con carpetas, y los estudiantes hablaban entre ellos sobre prácticas, exámenes y cuerpos en el anfiteatro.
Zeke caminó directo hacia la caseta de registros de seguridad.
Debía revisar la bitácora de entrada y salida.
La vigilante que estaba en turno, una mujer mayor llamada Dania, lo miró con una mezcla de desinterés y aburrimiento.
—¿Qué pasó, Martell? Tienes cara de no haber dormido nada.
Zeke apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—Necesito revisar al visitante de anoche. Un reciclador llamado Simón René. ¿Quedó su ingreso registrado?
Dania frunció la boca.
—¿Por qué?
—Porque no lo vi salir.
—Martell —suspiró la mujer, rodando los ojos—. La puerta trasera no siempre detecta salida. A veces la gente sale por donde no debe. Ya sabes cómo es.
Zeke la miró fijamente.
—¿Puedo ver los registros?
—Sin autorización del jefe de seguridad… no.
Zeke apretó la mandíbula.
Era la respuesta que esperaba… pero no la que necesitaba.
Dio media vuelta para marcharse cuando Dania dijo, casi sin querer:
—Es más, no escuché que ese hombre viniera anoche.
Nadie lo registró.
Zeke se detuvo en seco.
—¿Qué dijiste?
—Eso. Que nadie lo registró entrando.
—Pero yo lo vi. Subió la rampa.
—Pues aquí no quedó nada escrito.
Zeke volvió a acercarse al mostrador.
—¿Y quién estuvo en la caseta externa antes de ti?
—Tiberon —dijo Dania—. Pero se fue temprano. Algo de un turno extra en otro lado.
Mentira.
Lo sabía.
Zeke intuía que nada de lo que había ocurrido la noche anterior era un error.
Simón René había entrado.
Simón René no había salido.
Simón René no estaba registrado.
Estaba empezando a entender el patrón:
Si alguien entraba por la puerta equivocada con las personas equivocadas…
dejaba de existir en los papeles.
Zeke caminó hasta la parte trasera del CHUSM, donde solían llegar los recicladores de la isla. El sol calentaba con fuerza, y la humedad hacía que la ropa se pegara al cuerpo como una segunda piel.
Tres recicladores hablaban cerca de los contenedores, clasificando botellas. Eran hombres pobres, de manos curtidas, piel oscurecida por el sol y la vida dura. Gente que la isla ignoraba. Gente fácil de desaparecer sin que nadie preguntara.
Zeke se acercó con cautela.
—Oigan… ¿han visto a Simón hoy?
Los tres dejaron de trabajar.
Dos bajaron la mirada.
El tercero, un hombre alto y delgado con barba irregular, levantó la vista hacia él.
—Simón no ha venido —dijo el delgado—. Desde ayer.
Zeke tragó saliva.
—¿Desde ayer… cuándo?
El reciclador se encogió de hombros.
—Lo vimos entrar con unos hombres del hospital… anoche, como a las nueve. Él dijo que le iban a dar cartón. Que era “material limpio”. Y que iba a salir rápido. Pero no volvió.
Otro reciclador intervino:
—Simón nunca falta. Él vive aquí afuera. Siempre es el primero que llega.
Zeke sintió un nudo en la garganta.
El primer reciclador bajó la voz.
—Oye… ¿tú no eres vigilante ahí dentro? ¿Puedes buscarlo? Simón… es buena gente. No se mete con nadie.
Zeke asintió, pero sus palabras salieron como un susurro.
—Lo intentaré.
En vez de ir al ala pediátrica, donde supuestamente estaba asignado, Zeke tomó el ascensor hacia el piso subterráneo donde guardaban la basura clínica.
Era un pasillo estrecho, iluminado por luces amarillas que parpadeaban. El olor era insoportable: cloro, metales calientes y algo más… algo dulzón que se adhería a la garganta.
Zeke caminó hasta la sala de incineración.
La puerta estaba entreabierta.
Miró alrededor.
No había nadie.
Empujó la puerta con la punta de los dedos.
El horno industrial estaba apagado, pero la bandeja lateral tenía una pila de lonas verdes… y una negra.
Zeke se acercó.
Esa lona negra no era normal.
No era para desechos.
No era para instrumental.
Era para cuerpos.
Le tembló la mano cuando levantó una esquina de la lona.
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Editado: 06.03.2026