El corredor Oscuro

CAPÍTULO 4 EL SOBREVIVIENTE

El reciclador se llamaba Jonás Mérat.
No era un hombre joven ni viejo; uno de esos rostros anónimos que la ciudad ignoraba porque no tenían el brillo del turismo ni el apellido de las familias influyentes de Providence. Zeke lo veía algunas veces en los alrededores del CHUSM, arrastrando un carrito oxidado y saludando con un gesto tímido que mostraba más cansancio que alegría.

No era cercano.
No eran amigos.

Pero Jonás era parte del paisaje nocturno del hospital.
Y eso lo hacía distinto de los que venían por primera vez.

La noche de su desaparición había llovido, una lluvia gruesa que hacía al aire oler a tierra removida y mar agitado. Zeke recordaba haberlo visto bajo un alero, frotándose las manos para calentarse mientras esperaba a que uno de los vigilantes corruptos —probablemente Delmas o Rousseau— le abriera la reja trasera.

Jonás había entrado sin sospechar nada.
Como Simón René.
Como tantos otros.

Y ahora…
ahora corría por su vida.

La oscuridad lo envolvía.
Un pasillo estrecho.
El olor a cloro pegándole en la garganta.
Un dolor punzante en la sien.
Y el zumbido de un motor apagándose en algún lugar lejano del sótano.

Había recuperado la conciencia apenas unos minutos antes.
No sabía cómo había llegado allí.
No sabía cuántas horas habían pasado.
No sabía si era de noche… o de madrugada.

Lo único que sabía era que no debía estar vivo.

Su respiración era un jadeo roto.
La mano le temblaba, cubierta de sangre ajena… o tal vez propia.
No estaba seguro.
No se atrevía a mirar.

Intentó levantarse apoyándose en la pared.
El concreto estaba húmedo.
Había manchas rojizas secas distribuidas en patrones irregulares.

No quiso pensar en qué significaban.

Avanzó a tientas, con el oído pegado a cualquier sonido.

Detrás de él, escuchó voces.
Voces bajas.
Frías.
No apresuradas, sino calculadoras.
Como si estuvieran acostumbradas a hablar alrededor de cuerpos.

—Se movió —dijo una.
—No debía —respondió otra.
—El golpe no fue suficiente. Lo subestimaste.
—No importa. No llegará lejos. La puerta está cerrada.

Jonás contuvo la respiración.
Sabía que esas voces lo estaban buscando.

Dio un paso.
Otro.

Y accidentalmente pateó algo metálico que rodó en el piso produciendo un sonido que le heló la sangre.

Las voces se detuvieron.

Silencio.

Luego:

—Allí.
—¡Allí!

Jonás se lanzó a correr.

El pasillo se abrió hacia una escalera de mantenimiento, una que él había visto alguna vez cuando rebuscaba botellas en la basura del hospital. Pero ahora no parecía un lugar familiar: parecía una salida estrecha de una trampa mortal.

Tropezó al subir los primeros escalones, apoyándose en la baranda oxidada.
Un olor nauseabundo escapaba desde el sótano, como si el aire mismo estuviera contaminado.

Abajo escuchó pasos que resonaban en la estructura metálica.

—¡Lo tenemos!
—¡Subió por aquí!

Jonás siguió subiendo, tembloroso, sintiendo que en cualquier momento le fallarían las piernas.
Cuando llegó al primer rellano, una luz parpadeante iluminó la puerta de salida de emergencia.

Cerrada con pasador.

Pero el metal estaba suelto.
Como si alguien lo hubiera manipulado recientemente.
O como si no fuera tan seguro como parecía.

Jaló el pasador con desesperación.
No se movió.

Escuchó los pasos acercándose.
Tres hombres.
Uno respiraba con dificultad.
Otro arrastraba algo.

La voz del tercero era la que él había oído cuando perdió la conciencia.
Una voz gruesa, tranquila.

—No corras, Jonás —dijo—.
No corras.
No lo hagas más difícil.

Jonás, temblando, apretó el pasador con ambas manos.
Se cortó la palma sobre el borde.
El metal cedió de golpe y la puerta se abrió de par en par.

La luz de un callejón entró en la escalera.

Se lanzó afuera.

La lluvia caía con fuerza, mezclada con el olor a petróleo de los generadores del CHUSM. El callejón estaba oscuro, iluminado apenas por una farola rota que chispeaba con cada ráfaga de viento.

Un rayo iluminó el cielo por un segundo.
Suficiente para que Jonás viera sus propias manos temblorosas… y la sangre que las cubría.

Corrió.
No por dirección ni estrategia.
Solo por instinto.

Detrás de él, la puerta de emergencia se abrió de golpe.

—¡Ahí está!
—¡Detrás del contenedor!

Jonás dobló la esquina sin mirar atrás.

La lluvia hacía que todo resbalara bajo sus pies.
Se estrelló contra un muro, recuperó el equilibrio y siguió.
Cada respiración le dolía como un latigazo.
Pero seguía.

Entró a una calle lateral, luego a otra.
La visibilidad era mínima.
Pero algo brillaba a lo lejos.

Una doble luz blanca.

Una patrulla.

Jonás no tuvo tiempo de pensar.
Se lanzó frente a ella.

—¡Ayuda! —gritó, pero su voz sonó ahogada por el agua—. ¡Ayuda… por favor…!

Los frenos de la patrulla chirriaron.
Dos oficiales bajaron del vehículo.

Uno joven.
Una mujer mayor.

Ambos con caras cansadas, pero no corruptas.
Los únicos dos tipos de honestidad que aún quedaban en la isla.

La mujer lo sostuvo antes de que cayera al suelo.

—¡Dios mío! ¿Qué te pasó?
—Intentaron— —Jonás tosió—. En el hospital…
—¿Cuál hospital? ¿Saint-Mer?
Jonás asintió varias veces, jadeando.
—Mátame… digo… no… no… ellos…
—Tranquilo, tranquilo —dijo el oficial joven—. Estás a salvo ahora.
—No… no estoy… —tosió sangre—. Siguen… ahí… adentro…
—¿Quién? —preguntó la mujer.
Jonás la miró a los ojos con terror puro.
—Los… de las bolsas… los que llevan cuerpos… yo… yo no quiero… yo no quiero morir…




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