El corredor Oscuro

CAPÍTULO 6 LOS MUERTOS QUE HABLAN

El amanecer en Providence no trajo alivio.
El cielo rojo, como herido, parecía presagiar una desgracia.
Y dentro del CHUSM, los pasillos estaban excesivamente limpios, como si alguien hubiese pasado toda la madrugada borrando huellas.

Pero la limpieza no bastó.

Porque los muertos habían empezado a hablar.

No con voces.
No con fantasmas.
Sino con pruebas físicas.

Pruebas que ya no podían ocultarse.

Los primeros dos policías —los mismos de la Unidad 12-7 que habían encontrado a Jonás Mérat— regresaron al hospital a las 7:15 AM. Esta vez no venían para investigar silenciosamente.

Venían con órdenes.

Venían con sospechas.

Venían con rabia.

—Acceso al sótano —dijo la oficial mayor, mostrando la orden ante la recepción—. Ya sabe cuál.

La recepcionista se puso rígida.

—Un momento, voy a buscar al director Méndez…

—No —interrumpió la oficial—. No es un pedido. Es una orden.
Y si alguien intenta detenernos, será arrestado.

El recepcionista tragó saliva y apartó la mirada.

Los dos policías caminaron directo hacia la escalera que descendía a los niveles restringidos.

Zeke Martell los vio desde la esquina del pasillo.
Sintió un escalofrío.
La adrenalina le dio un golpe tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared.

Habían vuelto al sótano.
Al corazón negro del hospital.

Zeke no sabía si debía avisarles… o rogarles que se fueran antes de encontrarse con algo peor.

Pero no hizo nada.

Solo los siguió a distancia, oculto detrás de un carrito de limpieza.

La puerta del sótano cedió con un chirrido áspero.
El aire que salió de allí era más frío que el resto del hospital, y arrastraba un olor penetrante: detergente industrial sobre carne vieja.

Los policías encendieron sus linternas.

—¿Segura que es aquí? —preguntó el oficial joven.
—Esto coincide con lo que Jonás describió —respondió ella—. Y con la localización del callejón donde lo encontramos.

Avanzaron.

Sus pies resonaban en el concreto.
Los tubos de ventilación dejaban escapar vibraciones que parecían gemidos distantes.
Las luces parpadeaban.

Zeke estaba dos pasillos atrás, tratando de no ser visto, respirando despacio, cada músculo tenso.

Hasta que los policías llegaron a la puerta metálica.

La misma puerta detrás de la cual Zeke había escuchado ruidos.
La misma puerta donde vio sombras moverse.
La puerta que no pudo abrir.

La oficial mayor giró el picaporte.

Bloqueado.

—Demos una vuelta —dijo ella.

Y usó la linterna para iluminar los bordes…
Donde no debería haber nada.

Pero había.

Sangre seca.
Pequeñas gotas marrones que habían intentado limpiar, pero quedaron atrapadas en las hendiduras del metal.

La oficial pasó el dedo y la levantó frente a la luz.

—Esto es reciente.

Su compañero tragó saliva.

—Voy a llamar refuerzos.
—Todavía no. Primero quiero ver qué intentaron esconder.

Y entonces, justo al lado del marco de la puerta…
en un ángulo casi invisible…

La oficial encontró la primera prueba real.

Un salpicón.
No grande.
Pero sí perfectamente reconocible.

Oscuro.
Seco.
Violento.

Alguien había explotado la parte posterior del cráneo ANTES de que intentaran limpiar.

—Esto no es sangre de quirófano —susurró el oficial joven—. Es sangre de… de impacto.

—Esto es asesinato —respondió ella sin dudas—. Con arma contundente. A quemarropa.

Zeke, varios metros atrás, sintió que la garganta se le cerraba.
La habitación comenzó a darle vueltas.

Mataron a gente ahí.
Dentro del hospital.
A golpes.

Simón René.
Jonás Mérat.
¿Y cuántos más?

La oficial ordenó:

—Apártate.

Tomó impulso.
Una, dos, tres veces.

La puerta cedió con un golpe violento.

Y los dos policías apuntaron al interior con sus armas desenfundadas.

Zeke, temblando, se acercó apenas lo suficiente para ver a través de la rendija sin ser detectado.

Y lo que vio…

Le cambió la vida.

La habitación estaba semivacía.
Sin camillas.
Sin cuerpos.

Pero las paredes…

Sucias.
Marcadas.
Salpicadas.

Pequeñas gotas alineadas en arco.
Un patrón que Zeke no comprendía, pero que la policía entendió al instante.

—Proyección arterial —dijo la oficial, acercándose—.
—Esto no es un accidente —añadió el oficial joven, tocando el punto más alto del arco—.
Esto es ejecución.

La oficial alumbró las paredes.

Había fragmentos.

Pequeños trozos de algo blanco.
Irregulares.
Que reflejaban la luz.

El joven se llevó la mano a la boca.

—¿Eso es lo que creo…?
—Tejido craneal —confirmó la oficial—. Cerebro.
Salpicado por trauma. No por cirugía.

Zeke sintió que iba a vomitar.

Se agachó, temblando.

Pero la escena aún no había terminado.

La radio de la oficial crepitó.

—Unidad 12-7, hay personas reuniéndose fuera del hospital.
—¿Qué tipo de personas? —preguntó ella.
—Familias. Muchas.
Dicen que tienen desaparecidos…
y que alguien les dijo que “miraran aquí”.

La oficial abrió los ojos.

—¿Quién les dijo?
—No lo sabemos. Pero está llegando más gente. Esto se está… complicando.

Zeke sintió un latido en el pecho.
Nadia.
Tenía que haber sido Nadia Lestrel.
Ella o alguien a quien ella habló.

La verdad corría.

Y ya era demasiado tarde para detenerla.

—Solicito refuerzos inmediatos —ordenó la oficial por radio—. Y protección para los accesos. La situación va a escalar.

El joven oficial miró a su compañera.

—¿Qué hacemos con esto? —señaló la pared ensangrentada.
—Documentar todo. No toques nada. No avises al hospital.




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