La tarde en Providence se volvió una mancha de grises y azules turbios cuando la policía acordonó el CHUSM. La multitud que había comenzado con pocas personas ahora superaba las setenta. Voces quebradas, manos que sostenían fotografías, hombres y mujeres que no habían tenido respuesta del hospital en meses.
Y en medio de ese caos, Zeke Martell era llevado por dos agentes hacia una zona segura junto a la entrada lateral del edificio.
No era un detenido.
No era un sospechoso.
Era algo más importante:
el primer testigo vivo desde dentro del hospital.
La oficial mayor —la misma que había encontrado a Jonás Mérat ensangrentado en la calle— se acercó con un tono que no admitía duda.
—Martell —dijo, apoyando un cuaderno en la rodilla—. Necesito tu declaración. Completa. No te preocupes por cómo suene.
Ya no estás bajo órdenes del hospital. Ahora estás bajo protección.
Zeke respiró hondo.
Por primera vez desde que comenzó esta pesadilla, se sintió… seguro.
No del todo. Pero lo suficiente para hablar.
—Vi ropa —dijo, la voz apagada—. Ropa de Simón René. Ropa de otros. Y bolsas. Muchas bolsas… con órganos.
La oficial tomó nota sin reacción aparente, pero su mandíbula se tensó.
—¿Dónde? —preguntó.
—En un cuarto escondido en el sótano.
—¿Pudiste identificar a alguien más?
—No cuerpos completos… pero sí… señales.
—¿Qué tipo de señales?
Zeke tragó saliva.
—Restos. Sangre. Manchas en paredes. Intentaron limpiarlo.
La oficial cerró la libreta.
—Bien, Zeke. Has hecho tu parte.
A partir de ahora, no entras más al edificio.
No te acercas a nadie del CHUSM.
¿Entendido?
Zeke asintió.
Su papel había terminado.
Ahora era turno de la policía.
En la sala de seguridad del CHUSM, tres vigilantes estaban sentados con las manos esposadas al frente:
El silencio era tan espeso que parecía otra pared.
Un investigador se paró frente a ellos.
—Ya sabemos lo que pasaba —dijo el agente con tono firme—. Las bolsas. Los cuartos. Los drenajes.
Lo sabemos todo.
El primero que hable… tendrá beneficios legales.
Los otros cargarán con el peso completo.
Tiberon no levantó la mirada.
Delmas respiraba acelerado.
Rousseau escondía la cara entre las manos.
El agente repitió:
—¿Quién quiere empezar?
Hubo un segundo de silencio.
Luego dos.
Y entonces, de manera inesperada…
Tiberon fue el primero en quebrarse.
—Yo hablaré.
Delmas lo miró horrorizado.
—¡No digas una palabra, maldito!
—Cállate —respondió Tiberon sin elevar la voz—. Ya terminamos.
Todos.
Terminamos.
El agente se acercó.
—Bien. Empiece.
Tiberon inhaló con dificultad.
—No empezó como ustedes creen. Al principio… solo eran cuerpos no reclamados. Personas sin familia. Gente que moría en la calle. Los médicos dijeron que era mejor usar esos cuerpos para enseñanza… en lugar de dejarlos al sol.
El agente anotó.
—¿Y cuándo cambió?
Tiberon cerró los ojos.
—Cuando necesitaron más.
Cuando los estudiantes pedían cuerpos “en buen estado”.
Cuando algunos médicos vieron que había dinero en vender órganos. No todos, no muchos… pero los suficientes para hacer un daño enorme.
Delmas murmuró:
—Era solo trabajo… solo trabajo…
—Trabajo criminal —lo interrumpió el investigador.
Tiberon continuó:
—Los primeros años… fueron solo tres o cuatro cuerpos.
Luego fueron seis.
Luego… diez.
Gente sin hogar. Recicladores.
Vendedores ambulantes…
Personas que nunca fueron prioridad para nadie.
Hubo un silencio frío en la sala.
—¿Quién dirigía esto? —preguntó el agente.
Tiberon no dudó:
—El director Méndez.
Y dos médicos.
Vaillard… y Binesse.
Los agentes intercambiaron miradas.
—¿Qué hacían exactamente?
—Elegían cuerpos. O personas vulnerables. Los traían con engaños por la puerta trasera.
Les ofrecían comida o tratamiento.
Luego… los sedaban.
Y finalmente, los… —Tiberon tragó saliva— los golpeaban para que no se movieran.
Y cuando… cuando dejaban de respirar…
los abrían como si fueran material de estudio.
El investigador respiró hondo.
Una cosa era sospechar.
Otra era escucharlo en palabras crudas.
—¿Y ustedes?
—Nosotros… limpiábamos. Sacábamos la basura.
Metíamos las ropas en bolsas.
Ayudábamos a mover los cuerpos.
Y cobrábamos un extra para callar.
Rousseau gritó:
—¡NO DIGAS MÁS! ¡NOS MATARÁN!
Pero ya era tarde.
Tiberon había abierto la compuerta.
Y todo salía a presión.
Afuera, varias patrullas adicionales llegaron al CHUSM.
La policía científica entró con cajas, cámaras y detectores de fluidos biológicos.
El hospital fue intervenido de forma inmediata.
Los pasillos ahora eran terreno policial.
Los médicos eran acorralados.
Los estudiantes eran llevados a declarar.
Una oficial caminó junto a un equipo técnico.
—Recuerden —dijo—: no estamos buscando cientos de cuerpos.
Pero sí suficientes indicios para demostrar la red.
Cualquier rastro… cualquier mancha… nos sirve.
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Editado: 06.03.2026