Año: 2026
Galaxia: Vía Láctea
Planeta: Tierra
Región: Monterrey, Nuevo León, México
Hora: 9:07 de la noche
Una noche común, en una casa ubicada en algún rincón tranquilo de Monterrey, Nuevo León, había un hombre llamado Miguel Morales. Era viernes por la noche, y como casi siempre después de una semana pesada de trabajo, lo único que quería era desconectarse del mundo. Había llegado a casa cansado, con la mente todavía atrapada entre reportes, llamadas, pendientes y ese agotamiento silencioso que deja la rutina cuando se acumula demasiado. No se había cambiado realmente de ropa; seguía usando sus botas de siempre, su pantalón de mezclilla algo gastado y una playera negra sencilla. Apenas dejó algunas cosas sobre la mesa, abrió una cerveza y encendió la consola.
Había comprado unas cuantas cervezas para relajarse y también tenía un poco de hierba guardada para pasar la noche tranquilo. No era alguien problemático ni escandaloso. No era de antros, ni de fiestas grandes, ni de andar buscando pleitos. Era alguien reservado, tranquilo, que disfrutaba más estar en casa, jugar videojuegos, ver películas y pasar tiempo con sus amigos o su familia en ambientes pequeños y cómodos. Fumar un poco y tomar cerveza mientras jugaba con sus hermanos era, para él, una buena forma de olvidar por unas horas todo lo demás.
Con los audífonos puestos y el control en las manos, estaba conectado con sus dos hermanos en una partida en línea. Julián, el menor, siempre más impulsivo y desesperado. Esteban, el mayor, más calmado, más observador, casi siempre el que terminaba poniendo orden cuando los otros dos se alteraban demasiado.
La noche avanzaba entre disparos digitales, estrategias improvisadas, insultos amistosos y risas.
—Te vas a la derecha y los rodeas, Julián —dijo Miguel, atento a la pantalla, inclinándose un poco hacia adelante como si eso pudiera ayudarlo a reaccionar más rápido.
—Ya voy, ya voy, no estés fregando —respondió Julián entre risas—. Siempre me mandas a mí a meterme al infierno.
—Porque eres el más rápido… y porque si te mueres no perdemos mucho —respondió Miguel con una sonrisa apenas visible.
—Chinga tu madre —contestó Julián, riéndose.
Desde el otro lado, Esteban soltó una carcajada.
—Concéntrense, idiotas, que ya vienen por la izquierda.
Miguel apretó el control.
—Esteban… tienes dos justo ahí… justo ahí, atrás de esa cobertura.
—Ya los vi.
—Pues dispárales, no les mandes una carta de bienvenida.
Los tres siguieron jugando entre tensión y bromas. Era uno de esos momentos simples que parecían insignificantes, pero que años después serían imposibles de recuperar.
Entonces, de golpe, todo se apagó.
La televisión murió. La consola dejó de emitir sonido. El ventilador se detuvo. La casa entera quedó sumida en una oscuridad abrupta y pesada.
Miguel se quedó quieto unos segundos.
—No… no puede ser —expresó con frustración, soltando el control sobre el sillón.
Se quitó los audífonos y el silencio se sintió extraño, demasiado grande.
—¿Se les fue también? —preguntó al aire antes de recordar que ya no había conexión de voz.
Se levantó, tomó su celular de la mesa y encendió la lámpara. La luz blanca iluminó apenas la sala. Caminó despacio, revisando primero lo obvio: el interruptor, la cocina, el pasillo, como si mágicamente eso fuera a devolver la electricidad.
Luego miró por la ventana. No había luz en ninguna casa cercana; toda la calle estaba oscura.
Regresó al sillón, activó los datos móviles y abrió WhatsApp. Buscó el grupo que tenía con sus hermanos, uno que habían nombrado hace años con humor estúpido y que jamás cambiaron: «Los 3 Mosqueperros».
Escribió:
«Hermanos, se me fue la maldita luz…»
La respuesta de Julián llegó casi de inmediato:
«Aquí también.»
Esteban respondió después:
«Igual acá.»
Miguel escribió de nuevo:
«¿No será un apagón general?»
Julián mandó un audio corto.
—Pues espero que sí, porque si solo somos nosotros, yo no pienso ir a revisar el medidor a esta hora ni de broma.
Miguel soltó una risa breve.
—Cobarde.
—Prudente —corrigió Julián.
Después de unos minutos más, Julián escribió:
—Yo ya me voy a dormir, mañana trabajo temprano. Si me secuestra un fantasma, avísenle a mamá.
Miguel respondió:
—Te van a regresar.
Esteban reaccionó con un emoji de risa.
Poco después, el celular de Miguel vibró. Era una llamada de Esteban. Contestó mientras abría otra cerveza.
—¿Qué pasó, hermano?
—Nada, nomás quería saber cómo andabas —le dijo su hermano, ya que no habían hablado durante la semana.
Hablaron durante varios minutos sobre el trabajo, sobre cosas simples, sobre sus padres y sobre la comida del día siguiente en casa de ellos. Conversaciones normales. Cotidianas. Humanas.
Hasta que Esteban bajó ligeramente el tono de voz.
—Miguel… y dime… ¿Cómo has estado desde… bueno, desde lo que pasó con Sandra?
El silencio cayó pesado.
Miguel se quedó quieto, apoyado contra la pared de la cocina. Miró la botella en su mano, tomó un trago largo y tardó unos segundos en responder.
—Bien… todo bien.
Del otro lado hubo una pausa.
—¿Seguro?
Miguel exhaló despacio.
—Sí. Bueno… no sé… Supongo que sí. Solo… ya sabes. Hay cosas que uno no puede arreglar. Entonces, mejor dejarlas quietas.
—Fueron cuatro años, Miguel —dice Esteban.
—Lo sé —suspira Miguel…
—Y vivían juntos.
—También lo sé —dice mientras fuma un cigarrillo—.
Miguel apoyó la cabeza en la pared.
—No estoy destruido, Esteban. No estoy bien, pero tampoco estoy destruido. Solo… decepcionado. Cansado. Ya está. No quiero pensar demasiado en eso.
Esteban guardó silencio unos segundos.
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Editado: 14.09.2026