Pasaron varias horas durante las cuales analizaron riesgos biológicos, protocolos de seguridad y las implicaciones de tener a un varón en una nave de la Orden Helíaca. La noche artificial de la Hekate IX avanzó silenciosa mientras las cinco mujeres revisaban informes, simulaciones, registros históricos y posibilidades que jamás imaginaron tener que contemplar. No era solamente un problema científico; era una anomalía histórica, biológica, política y hasta filosófica. Tener a un hombre real en la nave no era simplemente un accidente de laboratorio, era una grieta abierta en el orden mismo de su civilización.
Thessa no había dejado de revisar una y otra vez los parámetros de la máquina cuántica, buscando el error, la falla, el detalle absurdo que hubiera permitido aquella catástrofe improbable. Chloe mantenía una vigilancia constante sobre la cápsula médica y sobre cada fluctuación en los signos vitales de Miguel. Elaris ajustaba protocolos médicos antiguos adaptados a biología previa al siglo treinta y cuatro, mientras Valyra seguía evaluando posibles escenarios de riesgo como si aquella sola presencia pudiera desencadenar lo peor. Neliel, por encima de todas, observaba y decidía.
Entonces se escuchó la voz de ATHENA.
—Comandante suprema… el espécimen desconocido está por despertar.
Neliel dejó lo que estaba verificando sobre una consola táctica y alzó ligeramente su muñeca, donde la interfaz neural respondió con un pulso tenue de luz.
—Ya es hora… —murmuró con una calma que no reflejaba del todo lo que pensaba.
Luego activó el canal interno de comunicación.
—Ya va a despertar. Las veo en sala médica.
La respuesta fue inmediata. Ninguna necesitó preguntar más. Rápidamente, las cinco llegaron hacia donde estaba Miguel. El corredor médico estaba silencioso, casi solemne, como si incluso la propia nave entendiera la importancia de ese momento. Se acercaron al punto donde Miguel aún permanecía inconsciente. Las cinco mujeres avanzaron con pasos lentos, cautelosos, como si cualquier ruido o movimiento brusco pudiera alterar la fragilidad de lo que tenían frente a ellas o, peor aún, hacerlo desaparecer como un espejismo cuántico.
La cápsula de curación ya estaba abierta y una tenue neblina residual, un vapor criogénico de limpieza, se disipaba lentamente alrededor del cuerpo de Miguel, revelando con una claridad casi dolorosa su figura. Formaron un semicírculo perfecto alrededor de él, manteniendo una distancia prudencial, pero sin apartar la mirada ni un solo instante. Sus ojos recorrían cada detalle con una avidez silenciosa: el ritmo constante y pesado de su respiración, el leve movimiento de su pecho bajo la playera negra, la textura rugosa de su piel comparada con la de ellas, la barba que tenía, la presencia distinta de su estructura ósea, la forma de sus manos y la forma de su rostro… algo completamente ajeno a su realidad, pero innegablemente vivo.
Elaris fue la que rompió el silencio. Su voz era baja, apenas un susurro que parecía nacer del asombro más puro.
—Siempre quise tener la oportunidad de conocer a un hombre vivo… —confesó aquello sin apartar la vista de Miguel, y en su tono había un matiz que ninguna de las otras había escuchado jamás. No era solo la curiosidad de una científica ante un espécimen raro. Era algo más íntimo, más profundo, una nota de anhelo personal.
—Desde que estudié los archivos históricos de Theka… desde que leí sobre cómo eran. Siempre quise saber… Qué se sentía estar frente a uno.
Thessa la miró de reojo, sus ojos verdes brillando con una mezcla de asombro y una especie de envidia intelectual silenciosa, pero no dijo nada. Porque entendía. Todas entendían. Conocían la anatomía masculina por siglos de estudio. Habían memorizado diagramas, estructuras genéticas, registros reproductivos y descripciones detalladas. Pero jamás habían estado ante el calor real de uno que respirara. No era lo mismo estudiar una estrella que estar frente a ella.
Chloe, cuyos sensores internos procesaban datos que las demás no podían ver, habló con su voz melódica, aunque ahora teñida de una contención inusual.
—Los parches que administré inicialmente han desplegado una barrera de nanobots de grado médico alrededor de su sistema inmunológico. No hay riesgo de que sus patógenos antiguos nos afecten, ni de que los microorganismos de la Hekate IX comprometan su biología. Es seguro acercarse.
Al oír esto, Elaris se acercó aún más, eliminando la última barrera física. Abrió completamente la cubierta de la cámara donde Miguel yacía. Lo miró fijamente y, dejándose llevar por un impulso que desafiaba su habitual rigor profesional, extendió una mano y tocó suavemente su brazo. Sintió la piel. Su textura real. La temperatura viva de su sangre circulando bajo ella. No era una simulación, no era un archivo, no era una reliquia genética conservada en bancos biológicos. Era real. Una pequeña sonrisa, entre incrédula y maravillada, iluminó su rostro.
—Es increíble…
Susurró aquello como si hablara consigo misma antes de presionar unos comandos en el panel lateral.
Valyra, con curiosidad y un poco de termo, se acerca y sigue observando la barba de Miguel. —Eso, es muy raro. —Dijó, mientras acercaba su mano lentamente hacia el rostro de Miguel y entonces, sus manos se encontraron con la barba de Miguel.
—Ayyy!!! No, no, no, se siente, extraño y rasposo. —Pegó un pequeño grito y alejó su mano rápidamente.
Thessa la mira, con un poco de desespero —No exageres, solamente es vello facial, solo eso.
—He administrado un cóctel de estabilizadores atmosféricos en parches. Con esto debería poder respirar nuestra mezcla de aire sin que sus pulmones colapsen. También he implantado los nanobots para la barrera de idiomas; necesitamos que nos entienda. —Informó Elaris.
Valyra cruzó los brazos, observando todo con prudencia.
—Espero que también hayas implantado paciencia. Porque cuando despierte, esto no le va a parecer precisamente tranquilizador. —Mientras todavía, tenía esa sensación extraña, de haber tocado la barba de Miguel.
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Editado: 14.09.2026