El Corrimiento al Rojo

Capítulo 3

Neliel observó a Miguel durante varios segundos, analizando no solo sus expresiones, sino también la forma en que sus ojos intentaban abarcar una inmensidad que claramente lo superaba. Había algo casi clínico en su atención, pero suavizado por una compasión silenciosa que no necesitaba pronunciarse. Luego, con esa calma soberana que parecía emanar de su propia presencia, habló sin apartar la vista del abismo estrellado que se extendía frente a ellos.

—¿Te gustaría encontrar tu sistema solar? —preguntó con una suavidad inesperada, sin imponer la idea, reconociendo el peso emocional que esas palabras arrastraban.

Miguel tardó en responder. Sus ojos seguían perdidos en el vacío, náufragos entre nebulosas y galaxias lejanas, pero poco a poco regresaron hacia ella, buscando un punto de apoyo, una certeza, algo que pudiera sostener.

—Sí… pero… es imposible desde aquí, ¿no? —dijo finalmente, con un tono donde la lógica intentaba imponerse sobre una pequeña esperanza que ni él mismo se atrevía a admitir.

Neliel negó ligeramente con la cabeza, manteniendo esa media sonrisa enigmática que parecía guardar siempre más información de la que decía.

—Hay una manera.

Sin añadir nada más, levantó la mano y apoyó la palma sobre el ventanal. Para Miguel aquello era una pared sólida de diamante sintético, una frontera perfecta entre él y el universo, pero en cuanto Neliel hizo contacto, la superficie reaccionó de una forma casi orgánica. Ondas suaves de luz cian se expandieron desde sus dedos como si hubiera tocado la superficie de un lago inmóvil.

Miguel dio un paso hacia atrás por puro reflejo, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba otra vez. Sobre la inmensidad proyectada comenzaron a aparecer pequeños círculos luminosos, marcadores flotantes que se desplegaban sobre la espiral de la Vía Láctea como si el universo entero fuera una interfaz táctil.

—¿Qué… es eso? —preguntó, todavía incapaz de acostumbrarse a que cada pared de aquella nave pareciera tener voluntad propia.

—Interfaz de localización estelar —respondió Neliel con absoluta naturalidad, moviendo los dedos sobre el vacío mientras los círculos se reorganizaban, danzando entre estrellas como buscando una aguja en un océano de estrellas—. ATHENA, localiza sistema estelar Celestara.

La respuesta llegó de inmediato, una voz femenina distinta a la de Chloe, más neutra, más precisa, sin la calidez humana que Chloe había aprendido a imitar.

—A la orden, Comandante.

Miguel frunció ligeramente el ceño.

—¿Sistema Estelar Celestara? —preguntó, girándose hacia ella con genuina curiosidad.

Neliel continuó operando el mapa mientras respondía.

—Así es como oficialmente se llama tu sistema de origen en nuestra época. El nombre anterior quedó archivado hace miles de años, aunque Theka sigue siendo la referencia más usada para el planeta principal.

Antes de que Miguel pudiera procesar completamente aquello, los marcadores dejaron de moverse. Uno de ellos comenzó a pulsar con una intensidad distinta, y entonces el ventanal reaccionó con un zoom progresivo, elegante, casi ceremonial. La Vía Láctea se expandió frente a ellos, las estrellas comenzaron a separarse, las distancias imposibles se comprimieron visualmente y, poco a poco, un sistema específico tomó forma.

Ahí estaba.

Un sol amarillo, estable, reconocible. Los planetas orbitaban con una precisión silenciosa.

Mercurio.

Venus.

La Tierra.

Marte.

Más allá, los gigantes gaseosos vigilando como antiguos dioses inmóviles.

Miguel dio un paso al frente, casi hipnotizado.

—…No puede ser… —murmuró, sintiendo cómo la garganta se le cerraba.

Los planetas giraban lentamente en aquella danza eterna que había estudiado toda su vida desde libros, documentales y noches mirando al cielo desde una azotea cualquiera. Pero ahora estaba allí. No como concepto. No como imagen. Estaba viendo su hogar desde fuera. Cruzó los brazos sobre el pecho, no por frialdad, sino como si necesitara sostenerse físicamente para no quebrarse. Sus ojos recorrían cada órbita con una mezcla insoportable de maravilla y duelo. Neliel no acercó más la imagen hacia la Tierra. Se detuvo a una distancia suficiente para mostrar el sistema completo, pero sin revelar detalles del planeta. Miguel lo notó y, aunque la curiosidad le quemaba por dentro, guardó silencio durante varios segundos. Finalmente, bajó la mirada, tragando saliva con dificultad, y se giró hacia ellas.

—Es hermoso… —dijo en voz baja, con una tristeza limpia y honesta.

Luego alzó apenas la vista.

—¿Podemos ver más cerca? Quiero ver cómo se ve la Tierra en el futuro.

—No… —respondió Neliel, pero sin sonar dura, simplemente, no podía—. Desafortunadamente, no podemos observar más a detalle. La Orden de Celestara lo tiene estrictamente prohibido.

Miguel bajó un poco la cabeza, pero no protestó. Elaris continuó con voz suave.

—Verás, Miguel… Theka, como la conocemos ahora, ya no es el mundo verde y azul que recuerdas. Es la base principal de la Orden. El núcleo de poder político, militar y biológico del universo conocido. Es el lugar más vigilado, más blindado y más restringido que existe.

Miguel asintió lentamente, sintiendo una punzada amarga al entender que su hogar ahora era, literalmente, la fortaleza del enemigo. Su siguiente pregunta salió casi sola, más urgente, más íntima.

—¿Y cuándo podré regresar a mi época?

El silencio que siguió fue breve. Thessa miró a Neliel con una sombra de preocupación atravesándole el rostro, pero antes de que cualquiera pudiera construir una respuesta diplomática, la voz de Chloe cortó el ambiente con precisión quirúrgica.

—Tenemos problemas.

Todos giraron hacia ella de inmediato. La sintética permanecía inmóvil, pero sus ojos estaban enfocados en datos invisibles que procesaba internamente.

—Una nave de la Armada Delta se dirige directamente hacia nuestra posición. Tiempo estimado de llegada: quince minutos. Ya poseen autorización oficial para abordar.




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