El Corrimiento al Rojo

Capítulo 4

Después de terminar de comer, el ambiente en el comedor de la Hekate IX se volvió más tranquilo, casi doméstico. El cansancio comenzaba a asentarse en él con una honestidad brutal. Ya no era solo el agotamiento físico de haber sido arrancado de su tiempo, sino el peso mental de intentar comprender un universo imposible.

Neliel se levantó con su elegancia habitual; la comandante giró el rostro hacia él y le dedicó una leve y cálida inclinación de cabeza, pequeña pero suficiente para transmitir cercanía. —Ven —dijo con calma, con esa voz firme que nunca necesitaba elevarse para imponerse—. Te mostraré dónde puedes asearte y recuperar algo de energía.

Miguel asintió lentamente, sintiendo el peso de sus propios párpados como si recién se acordara de que llevaba horas sosteniéndose por pura adrenalina. —Sí… creo que mi cuerpo ya empezó a presentar una queja formal —murmuró con una sonrisa cansada mientras se ponía de pie.

Caminó junto a ella abandonando el comedor, Elaris quedándose en la cocina y despidiéndose de Miguel. Miguel seguía sin acostumbrarse a la sensación de caminar dentro de la Hekate IX. No parecía una nave construida; parecía una estructura cultivada, una forma de arquitectura orgánica donde todo había nacido junto. Las paredes no tenían juntas visibles, ni cables, ni paneles de mantenimiento, ni esa estética metálica que él siempre había asociado con la ciencia ficción. Todo era una continuidad perfecta de superficies suaves, curvas precisas y luz integrada en el propio material.

Llegaron frente a una puerta que se deslizó hacia el interior de la pared sin necesidad de contacto físico. Neliel entró primero y Miguel la siguió. Apenas cruzó el umbral, se detuvo en seco.

No era lo que esperaba.

En su mente, las habitaciones de una nave espacial debían ser cubículos fríos, minimalistas y funcionales, casi militares. Una cama rígida, una consola, una pared metálica y nada más. Pero aquello era… distinto.

Era un espacio cálido, casi acogedor. Había objetos distribuidos con un orden milimétrico sobre superficies integradas; instrumentos de formas fluidas que no lograba comprender, todo impecable y bien organizado, pero que daba al lugar una sensación de vida real. No parecía una habitación de exhibición ni una suite de lujo; parecía un lugar habitado por alguien que realmente existía ahí. Algunas estructuras parecían haber crecido desde el suelo, adaptándose a la habitación en lugar de haber sido colocadas. La iluminación era suave, cálida, con texturas visuales que invitaban al tacto. Había algunas plantas vivas y una gran ventana abierta hacia el universo, con los mismos círculos marcados sobre constelaciones que Miguel desconocía, lo que le hizo entender que aquella ventana también funcionaba casi igual que la del Solarium: no solo mostraba el espacio, lo interpretaba.

—Es… tu habitación, ¿verdad? —preguntó Miguel, girando lentamente la cabeza para absorber los detalles de la intimidad de Neliel.

Había algo extrañamente personal en estar ahí, como si hubiera cruzado un límite invisible.

—Sí —respondió ella con total naturalidad—. Puedes usarla para lo que necesites.

Miguel dio unos pasos más, notando que incluso el aire olía distinto. Había una mezcla tenue de ozono y algo dulce, similar a la vainilla, pero más limpio, más elegante.

—Es bastante grande para ser una nave —comentó, todavía observando alrededor.

—Todas las estancias en esta sección lo son —explicó Neliel—. Aquí, en el área restringida, solo hay cinco habitaciones privadas. Las de nosotras.

Miguel frunció el ceño de inmediato, haciendo la cuenta mental de las mujeres que había conocido.

—¿Cinco?

—Una para cada una de nosotras —dijo Neliel y continuó—. Incluyendo a Chloe.

Miguel abrió los ojos de par en par.

—¿Chloe tiene habitación? —preguntó, intentando procesar la idea de una androide descansando—. O sea… ¿Ella también duerme?

Neliel dejó escapar una pequeña risa.

—Aunque Chloe es una unidad sintética de alta complejidad, también necesita espacio personal —explicó Neliel—. Requiere tiempo para procesar sus flujos de datos internos de forma aislada, lo que tú llamarías intimidad. No duerme como nosotras, pero sí necesita desconexión estructural. Para nosotras, su bienestar psicológico es tan importante como el nuestro.

Miguel bajó un poco la mirada y soltó una pequeña sonrisa. En ese momento, algo terminó de encajar. Chloe no era una computadora con piernas. No era una herramienta avanzada ni una asistente programada para obedecer. Era una de ellas. Era parte real de esa extraña familia de élite.

—Eso… me gusta —dijo finalmente—. No sé por qué, pero me gusta.

Neliel no respondió, pero su expresión dejó claro que entendía perfectamente. Caminó entonces hacia una sección lateral donde la pared se curvaba hacia adentro y, con un gesto simple, reveló un baño amplio y silencioso. No había azulejos, ni regadera convencional, ni nada reconocible en términos tradicionales, pero era claramente un espacio de aseo.

—Ahí puedes ducharte —señaló—. Yo estaré afuera para darte privacidad.

Miguel asintió, pero antes de que ella se retirara, levantó una mano, deteniéndola con cierta torpeza.

—Espera… ¿Cómo funciona esto exactamente? O sea… ¿Se bañan con agua? ¿Agua de verdad?

Neliel lo miró con una curiosidad casi científica, como si la pregunta fuera una reliquia arqueológica.

—Sí, Miguel. El uso del agua como agente de limpieza biológica sigue siendo el estándar más eficiente para nuestra especie. Eso no ha cambiado.

—Ok… bien… eso es bueno saberlo.

Miguel hizo una pausa, rascándose el brazo con incomodidad.

—¿Y usan jabón? ¿O shampoo? ¿Alguna marca de lujo del 12617?

Neliel inclinó ligeramente la cabeza.

—No entiendo esas palabras. ¿Jabón? ¿Shampoo?

—Son… productos químicos —explicó Miguel haciendo gestos de frotarse la cabeza—. Sustancias que usamos para limpiar el cuerpo, quitar grasa, sudor, suciedad… básicamente evitar oler mal.




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