Miguel seguía sentado, todavía intentando reconstruir mentalmente su realidad, como si al ordenar los hechos pudiera hacerlos menos absurdos. Se pasó una mano por el rostro, todavía agotado por todo lo ocurrido, y finalmente exhaló con una mezcla de resignación y cansancio.
—Bueno… entonces… —¿A dónde vamos exactamente? —preguntó, intentando recuperar el hilo de la conversación que sentía haberse roto hacía horas.
Su mirada fue pasando de una a otra, buscando respuestas en mujeres que parecían haber vivido siglos más que él.
—Sé que vamos con la princesa… Elt… El… Eh… —Se quedó en blanco a mitad del nombre, frunciendo el ceño con frustración mientras su mente luchaba inútilmente por retener aquellos nombres imposibles de una galaxia que no le pertenecía.
Thessa dejó escapar una pequeña risa, suave y genuina, una nota inesperadamente humana en medio de la rigidez táctica de la sala. Se apoyó ligeramente sobre su consola y lo observó con una expresión menos severa que de costumbre.
—Elthindra… princesa Elthindra —corrigió con calma, pronunciándolo despacio, como si estuviera enseñándole a pronunciar una palabra antigua y sagrada—. Lo habías dicho bien antes, Miguel. Aunque, si prefieres llamarla simplemente ‘princesa’, probablemente será más fácil para todos y mucho más seguro para tu dignidad.
Miguel soltó una carcajada breve, nerviosa, agradecido por aquella pequeña válvula de escape.
—Sí… no, mejor le digo princesa —respondió negando con la cabeza—. Va a ser muchísimo más fácil para todos. Y así evitaré cometer algún error diplomático ridículo que termine conmigo ejecutado por una falta de etiqueta galáctica.
Valyra soltó una risa baja y se cruzó de brazos, apoyándose contra uno de los paneles.
—Depende del tono —comentó con una sonrisa ladeada—. Si usas el mismo sarcasmo que hace un rato, quizá no te ejecuten, pero probablemente te conviertan en blanco oficial de entrenamiento.
Miguel levantó ambas manos de inmediato en señal de rendición.
—Entendido. El mensaje fue recibido fuerte y claro, valiente guardiana intergaláctica. Prometo moderar mi sarcasmo frente a la realeza. Seré un modelo de diplomacia desesperada.
Luego suspiró y su expresión volvió a endurecerse con una honestidad más seria.
—Pero hablando en serio… ¿A dónde me están llevando? O sea, entiendo que soy el error estadístico aquí, pero al menos quiero conocer el mapa de esta locura.
Neliel, que hasta ese momento permanecía observando los indicadores de navegación con esa compostura casi impenetrable que parecía natural en ella, giró finalmente hacia él. Había algo distinto en su mirada desde lo ocurrido; menos muro, más cansancio. Intercambió una breve mirada con Thessa, con Chloe, con Elaris. El secreto ya no servía de nada. Asintió apenas y habló con la misma claridad con la que dictaría una orden de combate.
—Vamos hacia Wolf–Lundmark–Melotte.
Miguel parpadeó y frunció el ceño de inmediato. Durante unos segundos, rebuscó en su memoria, en recuerdos de documentales, libros y mapas astronómicos de una vida que ahora parecía pertenecerle a otra persona. Lentamente señaló hacia el ventanal, como si en aquella corriente de luz imposible pudiera distinguir una galaxia concreta.
—Esa galaxia… yo la conozco —dijo con incredulidad—. Bueno, conocer es una palabra generosa. La conocía por nombre. En mi época se hablaba de ella. Era una galaxia enana… un satélite relativamente aislado, cerca de Andrómeda, ¿verdad?
—Correcto —respondió Chloe de inmediato, con esa precisión matemática que convertía cualquier afirmación en una sentencia exacta. Sus ojos azules parecían procesar millones de datos mientras hablaba—. Wolf–Lundmark–Melotte es una de las galaxias satélite más aisladas del Grupo Local. Su baja densidad estelar y su relativa distancia respecto a Andrómeda la convierten en una zona estratégicamente poco atractiva para el control centralizado.
Miguel soltó un pequeño bufido, entre fascinado y perturbado.
—Eso es… muy raro. Todo sigue teniendo los mismos nombres. Galaxias, estrellas, sistemas… siguen usando la nomenclatura que nosotros inventamos. Yo pensé que en el futuro habrían cambiado todo. Ya sabes, algún imperio galáctico arrogante rebautizando el universo.
Thessa sonrió apenas y se giró más hacia él, adoptando sin querer ese tono suyo de científica que disfrutaba explicando estructuras complejas.
—Tiene una lógica muy simple: estandarización. La Orden de Celestara, durante sus primeros siglos, consolidó el conocimiento astronómico antiguo como base universal de navegación. Todo lo que fue descubierto antes de la Gran Expansión de Theka fue preservado. Cambiar esos nombres habría sido una catástrofe operativa. Imagina reescribir miles de años de mapas, coordenadas, registros históricos, rutas comerciales y archivos científicos. Sería una estupidez monumental.
Chloe añadió, complementando sin superponerse, como si ambas compartieran una sola línea de pensamiento.
—Los sistemas descubiertos después sí fueron bautizados bajo los protocolos de la Orden. Pero los cuerpos celestes catalogados antes de la expansión interestelar permanecieron intactos. No por respeto histórico, sino por eficiencia.
Miguel observó nuevamente el flujo de luz frente a ellos.
—Entonces seguimos siendo nosotros… pero bajo un control que ya no reconocemos. No es otro universo. Es una continuidad distorsionada.
—Es una continuidad —concedió Elaris con una voz suave, casi melancólica.
Permanecía junto a una consola secundaria, con esa serenidad cálida que contrastaba tanto con la dureza militar del resto.
—Pero bajo otro gobierno. Bajo otra moral. Bajo otra versión de la verdad.
Miguel guardó silencio unos segundos, dejando que aquella frase se asentara. Luego volvió a hablar, más despacio.
—¿La princesa vive ahí? ¿En esa galaxia?
Neliel negó con la cabeza y caminó hacia el centro del puente. Extendió la mano y activó una proyección holográfica que emergió como una constelación artificial suspendida en el aire. Mostró una región tenue, periférica, casi olvidada en el borde del mapa estelar. No parecía un reino. Parecía un escondite.
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Editado: 14.09.2026