El puente de mando de la nave vibraba con un propósito renovado. Miguel se puso de pie frente al ventanal panorámico, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, como si pudiera absorber la inmensidad del espacio a través del cristal. A pesar de la inercia de la nave, sus pies buscaban un centro de gravedad inexistente en su memoria; sus ojos, fijos en el negro profundo de la periferia galáctica, no registraban la tecnología que lo rodeaba, solo la promesa de lo que estaba por venir.
Entonces, la voz de Neliel rompió el trance.
—Sujétense.
La orden fue corta, desprovista de cualquier preámbulo. La Hekate respondió al instante; un impulso mecánico recorrió el casco, un tirón sutil pero firme que hizo que Miguel se tambaleara. Sus manos, actuando por puro instinto, se aferraron al respaldo del asiento de Valyra, cuyos nudillos, también tensos, sostenían los controles de combate. Valyra apenas giró el rostro, con una media sonrisa que denotaba años de navegación hostil.
—Te vas a acostumbrar, Miguel. El espacio nunca es tan estático como parece.
Miguel soltó una risa nerviosa, intentando recuperar el aliento.
—Eso espero… porque mi sentido del equilibrio todavía cree que estoy en tierra firme.
Neliel, sin retirar la vista de sus pantallas de navegación, lo observó de reojo. Su autoridad no era opresiva, pero sí definitiva.
—Si vas a seguir de pie, terminarás en el suelo con el próximo ajuste de curso. Si quieres seguir viendo, siéntate aquí.
Señaló el espacio vacío a su derecha con un gesto elegante de la mano.
—No voy a permitir que te accidentes antes de llegar a la superficie.
Miguel asintió, reconociendo la lógica detrás de la brusquedad. Avanzó con cuidado, calculando cada paso, sujetándose de las consolas mientras la nave ganaba velocidad. Al llegar junto a Neliel, esta presionó un comando en su panel. Con un sonido neumático, el suelo se desplazó y una estructura minimalista se desplegó, formando un asiento funcional al instante. Miguel se sentó y el arnés, detectando su masa corporal, se ajustó sobre su torso con la precisión de un guante metálico.
—Eso es… extremadamente eficiente —admitió Miguel, recostándose mientras el ventanal se volvía el único punto focal de su existencia.
Tras unos minutos de silencio operativo, la curiosidad de Miguel ganó la batalla a su prudencia.
—Oye, Neliel… tengo una duda técnica. ¿Por qué no salimos de la burbuja directamente frente al planeta? ¿Por qué tanta distancia?
Neliel no respondió de inmediato, ajustando los parámetros de largo alcance.
—Porque la imprudencia es el camino más rápido a la muerte. Siempre observo primero desde la distancia de seguridad. Verificamos actividad electromagnética, firmas biológicas, anomalías gravitacionales y, sobre todo, cualquier señal de rastreo.
—Tiene sentido —convino Miguel, cruzando los brazos sobre el arnés—. Es como mirar por la mirilla antes de abrir la puerta.
Thessa, desde su estación, soltó una carcajada técnica.
—Además, Miguel, salir directamente en órbita es como encender una bengala en una habitación oscura. La emisión de energía del colapso de la burbuja es detectable. Aquí preferimos que nuestra llegada pase desapercibida.
—Y aquí —añadió Valyra, cuyos ojos escaneaban los sectores oscuros—, preferimos no ser vistas más de lo necesario. La discreción ha mantenido a las Hijas de Nemara vivas mucho tiempo.
El tiempo pareció estirarse. La nave avanzó hacia la sombra de un cuerpo celeste que bloqueaba la vista.
—Contacto visual en breve —avisó Chloe.
El pulso de Miguel se aceleró. Frente a ellos, una silueta masiva comenzó a devorar el vacío; una luna inmensa, de superficie rugosa y mineral, cruzó su campo de visión como una cortina de piedra.
—¿Ese es… ¿Keya? —preguntó Miguel, sintiendo una punzada de decepción.
—No —respondió Neliel—. Espera.
La Hekate Nova Lux realizó una corrección de trayectoria milimétrica, inclinándose sobre su eje. A medida que la luna se desplazaba, el velo se levantó. Detrás, suspendido en el vacío como una joya extraña y cálida, emergió Keya. Miguel se quedó paralizado. No era el planeta de un libro de texto; era un mundo que respiraba. Capas densas de nubes de tonos pastel se arremolinaban sobre una superficie rocosa, todo bañado por la luz dorada y suave de la enana naranja.
—Keya —susurró Chloe.
Miguel tragó saliva, sintiendo que la realidad se volvía tangible.
—Mi primer planeta… —murmuró, con la mirada perdida en los colores ajenos de un mundo que no conocía, pero que ahora formaba parte indisoluble de su destino.
—Es… increíble.
Planeta: Keya
Tipo: Rocoso, templado
Clima: Nubosidad frecuente, precipitaciones moderadas; cielos con tonalidades pastel y anaranjadas por el espectro de la estrella tipo K.
El planeta es grande. Miguel lo observa atento, sin dejar de mirar a donde pueda. Mientras tanto, la nave se dirige directamente a la atmósfera y se comienza a sentir aún más el movimiento.
La nave comienza a vibrar levemente, no de forma violenta, pero sí lo suficiente para que Miguel lo sienta en el cuerpo. No es como el impulso anterior… esto es más constante, más físico. El aire alrededor del casco empieza a reaccionar, aunque él no pueda verlo directamente aún.
Miguel aprieta las manos contra el asiento, pero no quiere perderse absolutamente nada. Sus ojos están fijos al frente mientras el planeta crece… cada segundo más grande, más presente, más real.
—Tengo una sensación diferente… —murmura, con una mezcla clara de nervios y emoción.
—Es normal —responde Elaris—. Estamos interactuando con la atmósfera.
Las nubes comienzan a envolver la nave. Primero como una capa lejana. Luego… como un mar. Densas. Espesas. Luminosas por la luz anaranjada de la estrella. La visibilidad se reduce por momentos, como si estuvieran atravesando un océano suspendido en el cielo. Miguel entrecierra los ojos, intentando ver a través.
#125 en Ciencia ficción
#1521 en Otros
#75 en Aventura
ciencia ficcion, futurista tecnologia, ciencia ficción espacial
Editado: 14.09.2026