El Costo de Confiar

CAPÍTULO 1

El sonido de la alarma desgarra el silencio de mi habitación. Es un pitido tan agudo y repugnante que, en un arrebato de ira, estrello el aparato contra la pared. Silencio de nuevo.

Hoy es el primer día del último año. No hay emoción en mi pecho; de hecho, la sola idea me revuelve el estómago. Otro año más soportando a las mismas escorias, fingiendo que sus risas no me perforan la piel. En este instituto, soy un fantasma por elección. A veces me culpo por ser tan seca, tan retraída, pero la vida es una excelente maestra de la desconfianza.

Todavía me cuesta procesar que la persona a la que llamaba "mejor amiga" fuera capaz de venderme de esa forma. Lo peor no es la traición en sí, sino el silencio que la siguió: en todos estos años, jamás me dio una explicación. Cuando mi padre pregunta por qué dejamos de hablar, simplemente le digo que se cansó de mí y cambio de tema. Pero la realidad es una herida que nunca terminó de cerrar.

Aquel día, el aire en el instituto se sentía denso. En cuanto puse un pie en el vestíbulo, los murmullos se propagaron como un incendio forestal. Todas las miradas estaban clavadas en mí, cargadas de una burla que no lograba comprender.

Seguí caminando con el corazón martilleando contra mis costillas hasta que encontré a Meredith. Para mi sorpresa, ella también se reía. No estaba sola; se encontraba rodeada por el séquito de los "populares", el grupo que siempre nos había ignorado.

​—¿Qué está pasando? —logré articular, mi voz traicionándome con un leve tartamudeo.

—Nada, solo les contaba un chiste a mis amigas —respondió Meredith, sosteniéndome la mirada con una sonrisa gélida.

Mis amigas. Esas dos palabras me golpearon más que cualquier insulto. Yo era su única amiga. O eso creía.

​—A ver, cuéntame —insistí, intentando sonar firme, aunque la molestia empezaba a transformarse en puro pavor.

​—Nos contó cómo tu madre te abandonó —soltó Sabrina, una de las chicas líderes, con una carcajada estridente.

​—Debe doler mucho que nadie te quiera —añadió otra, fingiendo una compasión que destilaba veneno —Digo, que tu madre te deje a los dos meses de nacida y tu padre sea casi inexistente... es triste igual que tus tetas. En realidad no eres nada, Heather. No deberías estar aquí sino en un orfanato.

El calor me subió al rostro y las lágrimas empezaron a picar en mis ojos. El círculo de gente a nuestro alrededor estalló en risas. Busqué desesperadamente los ojos de Meredith, esperando encontrar un rastro de arrepentimiento, pero solo encontré desprecio.

​—¡Oh, vamos! No me mires así —escupió ella —. Todo lo que dije es verdad. Como también es verdad que eres una becada.

Becada. Aquello era el colmo de la ironía. Si alguien estaba en una posición similar a la de un becario era ella; su padre le debía un favor enorme al director y por eso no pagaban la matrícula completa. No eran pobres, pero el dinero no les alcanzaba para una institución de este calibre. Sin embargo, ahí estaba ella, vendiéndome para comprar un lugar en la mesa de los populares.

​—No olviden el mejor chiste de todos —intervino otra chica, deleitándose con el momento.

​—¿Cómo es que una pobretona como tú se atrevió a fijarse en Bryan Morgan? —Los murmullos se volvieron rugidos de burla. El nudo en mi garganta era ya insoportable.

—Se que soy guapo, pero me ofende que una cosa tan fea como tú se fije en mí.

Esa voz. La reconocería en cualquier parte. Era la única persona capaz de destruirme con una sola mirada: Bryan.

La vergüenza me corroyó las entrañas. Verlo reírse de mí, tratándome como si fuera un error en su paisaje, dolió más que cualquier otra cosa. Miré a mi viendo un mar de rostros burlones, y mi instinto de supervivencia tomó el control.

Corrí.

Corrí por los pasillos, atravesé las calles llenas de desconocidos y no me detuve hasta que mis pulmones ardieron. Mi mente era un torbellino de recuerdos con Meredith, buscando un motivo, una razón, cualquier cosa que justificara su crueldad. Pero no encontré nada.

Llegué a casa y, como de costumbre, mi padre no estaba. Subí las escaleras a trompicones, me encerré en mi habitación y me derrumbé. Lloré de rabia, de impotencia y, sobre todo, de asco hacia mí misma por no haber sido capaz de defenderme.

Después de ese día, cambié radicalmente. No lo hice por ellos, sino por mí. Aprendí que en un lugar donde todos son depredadores, ser invisible es la única forma de sobrevivir.

​Aunque, pensándolo bien, todos hemos cambiado un poco desde entonces, ¿verdad?




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