El Costo de Confiar

CAPÍTULO 2

Contemplo la entrada de la academia; todo permanece inalterable, tan pulcro y elegante como corresponde a los hijos de la élite.

Camino por los pasillos solitarios mientras cada rincón parece susurrarme que este no es mi lugar. Me siento demasiado simple entre estas chicas que, con sus andares de modelo de revista, parecen derrochar millones a cada paso. Son chicas con amistades calculadas y novios igual o más ricos que ellas. Aquí, todo parece girar de forma obsesiva en torno al dinero.

Y luego estoy yo: una chica que no pasa de ser la invisible del salón, con una vida social tan pobre que daría vergüenza ajena si alguien se molestara en mirarme.

¿Qué si me siento sola?

No, para nada. He aprendido a encontrar tranquilidad en esa soledad y, aunque no lo parezca, solo me aseguro de que no se vuelva a repetir lo de hace cuatro años.

Llegué al final del pasillo y doblé a la derecha, encaminándome a la biblioteca, mi lugar seguro. Apenas eran las siete de la mañana; el lugar abría temprano todos los días, pero los hijos de papá nunca tienen interés en venir a leer, lo que es bueno para mí: así no hay tanto ruido.

Saludé a Daisy, la bibliotecaria, como siempre. Es una mujer de unos treinta y tantos que parece seria, pero en realidad es muy amable e inteligente. Que haya logrado colarse en una institución como esta lo demuestra, aunque a veces personas como ella están infravaloradas por la élite solo porque llegó hasta donde está con su propio esfuerzo y no con el dinero de su familia.

Caminé entre los estantes de libros en busca de mi lectura actual. Divisé el lomo desgastado del ejemplar que quería, pero estaba en el estante superior. Estuve a punto de alcanzarlo, estirándome hasta que mis dedos apenas rozaron el papel, pero la altura me jugaba en contra. Por más que lo intentara, me era imposible.

Hice un último esfuerzo desesperado, apoyándome solo en las puntas de mis pies; me tambaleé un poco y, justo cuando sentí que perdería el equilibrio, una sombra se proyectó sobre mí.

Una mano, notablemente más grande y firme que la mía, se extendió por encima de mi cabeza y tomó el libro con una facilidad insultante. El aroma de un perfume caro —madera y algo cítrico—inundó mis sentidos antes de que pudiera darme la vuelta. Me quedé helada, con el brazo aún alzado, sintiendo el calor de esa presencia a mis espaldas.

​—Creo que buscabas este —dijo una voz profunda, cargada de una seguridad que hizo que mi corazón se detuviera por un instante.

Esa voz.

No había cambiado nada en cuatro años, excepto por un matiz más grave y masculino. Giré lentamente, con la respiración contenida, rezando por estar equivocada. Pero ahí estaba él.

Bryan Morgan.

Ya no era el niño de facciones suaves que se burló de mí; ahora era un hombre joven, de hombros anchos y mirada penetrante, vestido con el uniforme de la academia que parecía hecho a su medida. Me tendió el libro, observándome con una curiosidad distraída, como quien mira un cuadro que no termina de entender.

​—¿Te encuentras bien? —preguntó, arqueando una ceja al ver que no reaccionaba.

Sentí que el pánico intentaba escalar por mi garganta. Mis manos temblaban imperceptiblemente. Él me estaba mirando directamente a los ojos, pero no había rastro de reconocimiento en los suyos.

Para Bryan, yo no era Heather, la chica a la que ayudó a humillar frente a toda la escuela. Para él, yo era simplemente una desconocida que no alcanzaba un estante.

La ironía me dolió más que su antiguo desprecio. Él había arruinado mi vida y ni siquiera recordaba mi rostro.

​—Gracias —logré susurrar, arrebatándole el libro con más brusquedad de la que pretendía.

Bajé la mirada de inmediato, dejando que mi cabello cayera como una cortina para ocultarme. Sabía que debía moverme, salir de allí antes de que mi armadura se rompiera, pero mis pies se sentían clavados al suelo.

Me obligué a dar un paso atrás, rompiendo esa burbuja de calor y perfume que empezaba a asfixiarme. Mis dedos apretaban el libro con tanta fuerza que las uñas se me hundieron en la palma de la mano.

​—De nada —añadió él, con un tono extrañamente suave, casi divertido por mi evidente nerviosismo.

Sentí su mirada clavada en mi nuca mientras me daba la​—¿Te conozco de algo? —preguntó Bryan. Hubo una breve pausa, una en la vuelta. Cada paso hacia la salida de la biblioteca me parecía eterno, como si caminara a través de lodo.

Justo cuando mi mano rozó el pomo de la puerta de madera, su voz volvió a resonar, deteniéndome en seco.

—Oye.

No me giré. No podía. Si lo hacía, temía que las lágrimas que empezaban a nublar mi vista me traicionaran.

¿Te conozco de algo? —preguntó Bryan. Hubo una breve pausa, una en la que pude escuchar el tictac del reloj de la pared —Tu cara me resulta extrañamente familiar.

El pánico me golpeó con la fuerza de un rayo. Aquella era la oportunidad de decirle quién era, de reclamarle por la crueldad de hace años, o de simplemente humillarlo con mi indiferencia.

Pero no estaba lista.

La Heather de trece años, la que lloró en su habitación hasta quedarse sin aliento, todavía vivía dentro de mí y estaba gritando que corriera.




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