En Valenrook el amanecer no llegaba con luz, sino con peso.
La niebla se arrastraba por las calles empedradas como un sudario mal puesto, y las campanas de la muralla marcaban las horas con un sonido grave, cansado, como si también ellas estuvieran de luto.
El taller de Edrien abría antes que el resto de la ciudad.
No por disciplina, sino porque el silencio de esas horas era más soportable que el ruido de la gente despierta.
El lugar olía a hilo viejo, cera derretida y humedad antigua. Las paredes de piedra estaban cubiertas por estantes torcidos donde descansaban telas oscuras: negros profundos, grises enfermos, azules tan apagados que parecían ya muertos. Vestidos de luto, capas funerarias, velos cosidos para despedidas que nunca eran suficientes.
Esa era su especialidad.
No lo había elegido.
La gente simplemente empezó a buscarlo cuando la muerte se volvió cotidiana.
Edrien trabajaba encorvado sobre la mesa principal, con movimientos lentos y precisos. Sus manos eran cuidadosas, casi reverentes, como si cada puntada fuera una disculpa. Nadie en Valenrook sabía exactamente cuántos años tenía. Su rostro parecía detenido en una edad indefinida, marcada más por el cansancio que por el tiempo.
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