Afuera, pasos. Voces. Vida.
Adentro, nada.
Hasta que la campanilla de la puerta sonó.
No era común tan temprano.
Edrien alzó la vista.
Y entonces la vio.
Vestía de negro, pero no el negro ostentoso de las viudas recientes. Era un luto sencillo, gastado, como si llevara tiempo acompañándola. Su figura era delgada, casi frágil, y caminaba con cuidado, como si temiera ocupar demasiado espacio.
No parecía mirar el taller.
Parecía haber llegado ya cansada de algo.
—Buenos días —dijo Edrien, poniéndose de pie.
Ella asintió apenas.
—Necesito un vestido —respondió con voz baja—. De luto.
Nada más.
No explicó para quién.
No explicó por qué.
Edrien no preguntó. Nunca lo hacía.
<3