La midió con cuidado, sin tocarla. Observó la caída de sus hombros, la palidez de su rostro, la manera en que sus manos se entrelazaban con nerviosismo frente a ella. Había algo en su silencio que no era incomodidad… era costumbre.
—Puedo hacerlo —dijo—. Pero tomará unos días.
Ella asintió de nuevo.
—No tengo prisa.
Cuando se marchó, el taller se sintió distinto.
No más lleno.
Solo… alterado.
Durante los días siguientes regresó una vez más para la prueba. Apenas habló. Se dejó ajustar el vestido con una docilidad que rozaba la tristeza. Cuando Edrien terminó, ella se miró en el espejo sin reconocerse del todo.
—Es hermoso —murmuró.
No sonrió.
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