Pagó, agradeció con una inclinación mínima de cabeza y se fue.
Y no volvió jamás.
Pero algo quedó.
Días después, mientras ordenaba el taller, Edrien movió uno de los maniquíes del fondo. Era antiguo, de porcelana clara, con rasgos finos, casi humanos. Al colocarlo junto a la ventana, la luz gris del exterior cayó sobre su rostro.
Edrien se quedó inmóvil.
El parecido no era exacto.
Pero era suficiente.
La misma inclinación del cuello.
La misma delicadeza inexplicable.
La misma tristeza quieta.
No dijo nada.
Siguió trabajando.
Al día siguiente, al entrar al taller, volvió a mirarlo.
Y por un instante —solo uno— tuvo la absurda certeza de que no estaba solo.
<3