—Buenos días… —murmuró, sin saber por qué.
El silencio respondió.
Aun así, Edrien no corrigió el gesto.
Encendió una vela.
Ordenó los hilos.
Y dejó el maniquí donde estaba.
Porque alguien había estado ahí una vez.
Y la soledad, cuando es profunda, aprende a copiar rostros.
Aún no había locura.
Aún no había amor.
Solo un recuerdo demasiado nítido.
Y una ausencia que empezaba a ocupar espacio.
<3