El taller no cambió de forma al día siguiente.
Siguió siendo el mismo rectángulo de piedra húmeda, la misma mesa marcada por cortes antiguos, el mismo olor a polvo y tela envejecida. Sin embargo, Edrien tuvo la sensación persistente de que algo se había acomodado en su interior durante la noche.
No algo nuevo.
Algo que había decidido quedarse.
Entró temprano, como siempre. Cerró la puerta con cuidado, como si temiera despertar a alguien. El eco del cerrojo resonó más de lo habitual. Durante un segundo, se quedó de pie, sin moverse, escuchando.
Nada.
Aun así, sus ojos se desviaron al fondo del taller.
El maniquí seguía junto a la ventana.
La luz gris de la mañana delineaba su rostro de porcelana, revelando pequeñas imperfecciones: una línea casi invisible junto a la boca, una leve asimetría en los pómulos. No era perfecto. Y, sin embargo, Edrien sintió una punzada inexplicable en el pecho.
<3