—No debería estar ahí —murmuró.
Pero no lo movió.
Se quitó el abrigo, colgó el delantal y comenzó con su rutina. Sacó telas, midió, cortó. El sonido de las tijeras fue constante, casi hipnótico. Cada tanto, sin darse cuenta, levantaba la vista.
El maniquí no se movía.
Nunca lo hacía.
Aun así, Edrien empezó a hablar.
No de inmediato. Primero fueron frases sueltas, sin destinatario claro.
—Hoy terminaré los mantos del prior…
—Dicen que el invierno se alargará este año…
Palabras que se disolvían en el aire antes de encontrar respuesta.
Hasta que, sin pensarlo, dijo:
—Ella también odiaba el frío.
La frase quedó suspendida.
Edrien frunció el ceño. No recordaba haber pensado eso antes. Se pasó una mano por el rostro, cansado.
—No… —se corrigió—. Eso no lo sé.
Pero la imagen insistía. La clienta de luto, sentada frente a él, con las manos juntas, los hombros levemente encogidos. No había hablado del frío. No había hablado de nada.
Y, sin embargo, él sentía que lo sabía.
<3