Al mediodía, un vecino pasó a recoger una capa remendada. Intercambiaron pocas palabras. El hombre no miró más allá de la mesa. Nadie nunca lo hacía.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, el taller recuperó su silencio espeso.
Edrien dejó la capa a un lado y caminó despacio hacia el fondo. Se detuvo frente al maniquí. La cercanía le provocó una extraña incomodidad, como si estuviera invadiendo un espacio que no le pertenecía.
—No te muevas —dijo en voz baja, casi como una advertencia.
El maniquí no respondió.
Edrien tragó saliva. Sus dedos rozaron la porcelana del brazo. Estaba fría. Demasiado fría para una persona viva. Eso debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
<3