—Es solo una coincidencia —se dijo—. Los rostros se repiten.
Pero no apartó la mano.
Esa noche, al cerrar el taller, no apagó la vela del fondo. La dejó encendida, lanzando sombras largas que deformaban las figuras inmóviles. Los maniquíes parecían inclinarse unos hacia otros, conspirando en silencio.
Edrien se detuvo en la puerta. Miró atrás una última vez.
—Mañana… —susurró—. Mañana te cambiaré de lugar.
No lo hizo.
Los días siguientes pasaron con una lentitud extraña. El maniquí permaneció junto a la ventana. Edrien empezó a colocarle telas sin razón aparente: un chal oscuro, luego un vestido incompleto. Cada puntada era innecesaria, pero le daba una excusa para acercarse.
—No te quedará perfecto —le dijo una tarde—. No tomo medidas desde la última vez.
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