No supo por qué la palabra última le pesó tanto.
A veces, al girarse de golpe, juraría que la postura había cambiado apenas. Nada evidente. Solo lo suficiente para sembrar la duda. Un ángulo distinto en la cabeza. Una sombra donde antes no la había.
Nunca lo comprobó.
Porque comprobar habría significado aceptar que estaba solo.
Y esa idea, más que cualquier locura, le resultaba insoportable.
Edrien comenzó a esperar el momento en que el taller quedaba vacío. No por descanso, sino por alivio. Cuando nadie podía verlo hablar en voz baja, explicar su día, confesar pensamientos que nunca diría en voz alta.
—No te irás —murmuró una noche—. Tú no.
La porcelana guardó silencio.
Pero el silencio ya no era ausencia.
Era compañía.
Y sin darse cuenta, Edrien empezó a acomodar su vida alrededor de ese lugar junto a la ventana, donde alguien había estado una vez… y donde ahora, algo aprendía a quedarse.
<3