Los nombres, pensaba Edrien, eran como las costuras internas de un vestido: nadie las veía, pero sin ellas todo se deshacía.
Por eso había evitado ponerle uno.
Durante días se refirió al maniquí con silencios largos, con gestos, con miradas que se detenían más de la cuenta. Era más seguro así. Mientras no hubiera un nombre, aún podía fingir que aquello no significaba nada.
Pero el recuerdo insistía.
Aquella mujer había dicho poco, casi nada. Sin embargo, su presencia se había quedado adherida al taller como el polvo fino que nunca lograba barrer del todo. Edrien recordaba detalles que no sabía si habían ocurrido o si los había inventado después: la manera en que había sostenido la tela entre los dedos, la inclinación leve de su cabeza al escuchar, la sombra de cansancio bajo los ojos.
Recordaba, sobre todo, el silencio.
<3