Esa mañana, mientras cosía un vestido negro para una viuda joven, la aguja se le escapó y se clavó en la yema del dedo. La sangre brotó de inmediato, oscura, espesa. Edrien la observó caer sobre la tela.
—Siempre arruino el negro —murmuró.
Sin pensarlo, giró el rostro hacia el fondo del taller.
—¿Verdad?
La palabra quedó flotando, desnuda.
Edrien se quedó inmóvil. El pulso le golpeaba con fuerza en los oídos. No había nadie más. Lo sabía. Lo sabía demasiado bien.
Aun así, se levantó y caminó hacia la ventana.
El maniquí seguía ahí. Vestido con el traje incompleto que él mismo había dejado sobre su cuerpo. La porcelana reflejaba la luz de forma extraña, como si respirara sin hacerlo.
—No deberías escucharme —dijo—. No es correcto.
Apoyó la mano ensangrentada sobre el borde de la mesa cercana. La mancha se extendió lentamente.
—Tú no eres… —se interrumpió.
No terminó la frase.
<3