Cada mañana, al entrar, Edrien colgaba el abrigo, encendía la vela principal y revisaba los encargos del día. Luego, casi de forma involuntaria, miraba hacia la ventana.
—Buenos días —decía.
No siempre en voz alta.
A veces solo con los labios.
El taller respondía con su silencio habitual. Pero ese silencio ya no era vacío. Tenía forma. Tenía contorno. Se apoyaba en la figura inmóvil que ocupaba un lugar fijo entre la luz y la sombra.
Edrien empezó a hablarle mientras trabajaba.
No cosas importantes. No al principio.
Comentarios sobre el clima. Sobre la torpeza de algunos clientes. Sobre cómo el negro nunca era un solo negro, sino decenas de tonos distintos, cada uno con su propia tristeza.
—Este —decía, levantando una tela— es un negro cansado.
—Este otro es reciente. Aún duele.
<3