Se sorprendía a sí mismo esperando algo. No una respuesta, sino… una reacción. Una confirmación silenciosa de que aquello tenía sentido.
Al mediodía, solía sentarse a comer un trozo de pan duro y queso. Antes lo hacía de pie, distraído. Ahora arrastraba una silla hasta la ventana.
—No es gran cosa —decía—, pero alimenta.
Colocaba el pan sobre un trozo de tela limpia, como si compartiera la mesa. Nunca ofrecía nada directamente. Nunca tocaba su mano.
Aún no.
Una tarde, mientras ajustaba un vestido de luto reciente, notó que la caída de la tela no era la correcta. Frunció el ceño, molesto consigo mismo.
—No… así no.
Se giró hacia Lys.
—¿Ves? —preguntó, señalando el pliegue—. Aquí sobra.
El impulso fue inmediato. No lo pensó. No lo midió.
Esperó.
El silencio se alargó.
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