—Es vieja —dijo Edrien, más calmado—. Frágil.
—Como tú, si no sales de aquí —bromeó Marek—. La ciudad sigue existiendo, ¿sabes?
Edrien no respondió.
Marek suspiró.
—Vendré luego por la capa de mi mujer —dijo, dándose la vuelta—. No tardes tanto.
Cuando la puerta se cerró, el taller pareció exhalar.
Edrien dejó la aguja sobre la mesa. Sus manos temblaban levemente.
—No me gusta cuando entran —murmuró.
Caminó hasta la ventana, colocándose frente a Lys como si su cuerpo pudiera bloquear miradas ajenas.
—No entienden.
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