Valenrook despertó con un cielo bajo y gris, cargado de una llovizna fina que no terminaba de caer. El tipo de día que empujaba a la gente a buscar refugio, no a hacer preguntas.
Edrien abrió el taller más tarde de lo habitual.
Se quedó un momento con la mano apoyada en el cerrojo, respirando hondo, como si el simple acto de salir al mundo requiriera una preparación especial. Desde dentro, el taller estaba en silencio. Un silencio intacto. Seguro.
—No tardaré —murmuró, sin girarse.
No sabía a quién se lo decía.
O sí.
Abrió la puerta.
El mercado estaba lleno. Voces, pasos, olor a pan caliente y cuero húmedo. Demasiada vida. Edrien caminó encorvado, evitando miradas, con la sensación persistente de que había dejado algo vulnerable atrás.
El encargo del día era sencillo: entregar dos mantos de luto en la casa del prior. Un trámite. Algo que antes no le habría provocado ninguna emoción.
Ahora, cada paso lejos del taller le tensaba el pecho.
<3