Sacó un tablón del estante y comenzó a clavar madera sobre la pequeña ventana lateral del taller. Cada golpe del martillo resonó como un latido violento.
—Es por tu bien —dijo, entre golpe y golpe—. No necesitan ver.
El taller se oscureció aún más, pero la ventana principal, la que iluminaba a Lys, quedó libre. La luz seguía cayendo solo sobre ella.
Edrien reorganizó el espacio. Acercó mesas. Apartó maniquíes. El fondo se convirtió en un recinto casi privado, delimitado por telas colgantes y sombras.
Al anochecer, alguien golpeó la puerta.
Edrien se quedó inmóvil.
—¿Edrien? —era la voz de Marek—. Pasé por la capa y estaba cerrado.
Edrien no respondió.
El golpe se repitió, más fuerte.
—Sé que estás ahí.
Edrien miró a Lys.
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