El primer encargo que no entregó fue pequeño.
Un velo negro, sencillo, destinado a una mujer que había perdido a su hijo en la frontera norte. Nada complicado. Nada urgente, según se dijo. Lo dejó colgado junto a otros trabajos, prometiéndose que lo terminaría “mañana”.
Mañana nunca llegó.
Edrien pasaba las horas en el taller sin avanzar realmente. Las agujas se quedaban suspendidas entre los dedos. Las telas, a medio cortar. El tiempo se plegaba sobre sí mismo, perdiendo forma.
Cada tanto, levantaba la vista.
Lys seguía allí.
—No importa —decía—. Pueden esperar.
La ciudad, sin embargo, no esperaba.
Dos días después, un aprendiz del gremio llamó a la puerta. Edrien no abrió. Escuchó la voz apagada a través de la madera, explicando con torpeza que había retrasos, que la gente empezaba a preguntar.
Edrien se tapó los oídos.
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