—No es asunto suyo —murmuró.
Esa tarde, intentó coser. De verdad. Se obligó a sentarse frente a la mesa, a tomar una aguja, a concentrarse. Pero cada puntada le parecía inútil, ajena.
El trabajo lo alejaba de ella.
Se levantó, frustrado, y caminó hacia el fondo.
—Antes no me importaba —confesó—. Trabajar era… llenar el tiempo.
Se sentó frente a Lys, apoyando los codos en las rodillas.
—Ahora el tiempo ya está lleno.
La luz se filtraba por la ventana principal, recortando la silueta de porcelana con un resplandor casi devoto. Las sombras de las telas colgantes parecían envolverla como un velo protector.
Edrien se sorprendió al pensar que el vestido que llevaba no era suficiente.
Esa noche, deshizo uno de los mantos que había terminado para un cliente. Cortó con cuidado las costuras, separó la tela negra, y comenzó a adaptarla al cuerpo inmóvil.
—No lo echarán de menos —dijo—. Nadie echa de menos la ropa, solo a los muertos.
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