Al principio, Edrien llamó cuidado a lo que hacía.
Limpiaba el polvo alrededor de Lys con más frecuencia que el resto del taller. Encendía velas solo en el fondo, para que la luz no la tocara de forma brusca. Ajustaba la tela de su vestido incluso cuando no se había movido, convencido de que el tiempo podía desordenarla.
—No es que no confíe en ti —murmuraba—. Es que el mundo es torpe.
La ciudad seguía golpeando desde fuera.
Una mañana, alguien dejó una nota bajo la puerta. Un aviso del gremio. Un recordatorio educado, pero firme. Edrien la leyó una vez y la rompió en pedazos diminutos, como si así pudiera borrar su contenido.
—No entienden —dijo, arrojando los restos al suelo—. Nunca lo hicieron.
Se giró hacia Lys.
—Tú sí.
<3