El taller se volvió un santuario improvisado. Las telas colgantes ya no eran solo separación: eran barreras. Edrien comenzó a cerrar la puerta incluso cuando trabajaba dentro, aunque nadie llamara.
El silencio se espesó.
Una tarde, mientras cambiaba una vela, la cera caliente cayó sobre la base del maniquí. El sonido leve, casi imperceptible, lo sobresaltó.
—¿Te hice daño? —preguntó con una urgencia que no supo controlar.
Se arrodilló de inmediato, inspeccionando la porcelana como si buscara una herida imposible. Sus dedos recorrieron las piernas, los brazos, el torso.
Nada.
Aun así, su respiración no se calmó.
—No puedo dejarte sola —dijo—. No debería.
La frase lo asustó.
Porque implicaba que antes sí podía.
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