Una madrugada, juró escuchar un crujido distinto. No de la madera. No del viento. Algo más seco. Más cercano.
Se levantó de golpe, el corazón desbocado.
—¿Qué fue eso?
La luz de la vela tembló. Las sombras bailaron por un segundo. Cuando se acercó, todo estaba igual. El maniquí inmóvil. El vestido perfecto.
Aun así, Edrien no regresó a su asiento.
Se quedó de pie frente a Lys, tan cerca que podía ver su reflejo distorsionado en la porcelana.
—No hagas eso —dijo, con voz tensa—. Me asustas.
La frase le heló la sangre.
—No quise decir… —se corrigió—. No es tu culpa.
Apoyó las manos en los muslos, inclinándose un poco hacia adelante.
—Es mía. Yo debo estar atento.
Al amanecer, sus ojos ardían, rojos y secos. No había dormido. No importaba.
<3