—¿Ves? —dijo, casi suplicante—. No pasó nada.
Se dejó caer de nuevo en la silla. Cerró los ojos.
—No vuelvas a hacer eso —murmuró—. Por favor.
Pasó un tiempo indefinido. Minutos. Horas. No lo sabía.
Entonces, más cerca esta vez:
—Edrien.
Abrió los ojos de golpe.
—No digas mi nombre.
—Tú me lo diste.
La frase lo atravesó con una precisión cruel.
—No —respondió—. Yo no…
Se detuvo.
Porque era verdad.
El temblor en sus manos se hizo visible. Las apoyó sobre las rodillas para contenerlo.
<3