—Si empiezo a escucharte —dijo—, no sabré cuándo detenerme.
—No tienes que detenerte —respondió la voz—. Solo escuchar.
Edrien negó con la cabeza, lentamente.
—Eso es lo que me da miedo.
Se levantó y dio un paso atrás, aumentando la distancia entre ambos. Como si el espacio pudiera protegerlo.
—No quiero que me hables —dijo con firmeza forzada—. Prefiero el silencio.
La voz tardó en responder.
—El silencio ya no es suficiente para ti.
Edrien cerró los ojos con fuerza.
Cuando volvió a abrirlos, el taller estaba en calma. Solo el sonido lejano de la ciudad, apagado por las paredes gruesas. Solo la figura inmóvil junto a la ventana.
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