El cristal de los juramentos

Atada al juramento roto

POV: Amina Ysvalin.

El frío mordía con ferocidad. Amina despertó con la espalda pegada a la piedra, el cuerpo sujeto por cuerdas de fibra cristalina que le oprimían el torso. Al intentar moverse, el dolor le estalló en el pecho y le arrancó un jadeo áspero. Sus párpados se abrieron a medias, cegados por un resplandor violeta que se filtraba desde las grietas del altar.

No era luz viva. Era un eco.

El suelo estaba húmedo. Olía a piedra antigua, a metal… y a sangre seca.

Inspiró con dificultad. El aliento se le condensó frente al rostro y se disipó enseguida, robado por el aire gélido del santuario. Cada respiración era un esfuerzo consciente, como si el frío se hubiera instalado dentro de sus pulmones.

Tensó los músculos y tanteó a ciegas las ataduras. Las cuerdas no cedieron. Quiso gritar, pero su garganta solo produjo un sonido roto, inútil. El pánico intentó alzarse, rápido y traicionero, y lo aplastó antes de que tomara forma. No aquí. No ahora.

Forzó la vista.

El altar estaba cubierto de fisuras que emitían aquel resplandor violeta, débil pero persistente. Las runas grabadas en la piedra aparecían corroídas, como heridas mal cerradas. Amina sintió un vacío frío asentarse en su estómago.

El cristal no estaba.

La realidad la sacudió como un golpe. El altar estaba desnudo. Ningún fragmento, ningún rastro salvo la vibración residual que aún latía en la piedra.

El Juramento Original había sido quebrado.

Un murmullo distante la sobresaltó. Giró la cabeza apenas lo suficiente para distinguir siluetas moviéndose en el umbral de la cámara. Capuchas. Pasos medidos. El sonido inconfundible de armaduras livianas rozando la piedra.

No estaba sola.

Entonces un recuerdo llegó fragmentado. Un destello de cristales estallando. Un rugido lejano. Su propio grito sofocado. Luego, la imagen de Sir Evaric desplomándose junto al altar.

—No… —susurró.

Forzó el cuerpo hasta quedar ladeada. El movimiento le arrancó un gemido ahogado, pero logró ver a su maestro tendido a pocos pasos. La túnica estaba manchada de cristales rojizos y sangre oscura. Sir Evaric se movió apenas, lo suficiente para alzar la cabeza unos centímetros.

—Amina… —exhaló con dificultad—. No cedas.

El olor metálico de su aliento le atravesó el pecho. La culpa le mordió las entrañas con más fuerza que el frío.

—El juramento… —continuó él, la voz quebrándose—. Protégelo.

Amina negó con la cabeza, incapaz de responder. Arrastró el cuerpo hasta quedar a su lado. Sus dedos temblorosos buscaron la mano de su maestro, pero él ya había cerrado los ojos. El aire que escapó de sus labios fue lento, definitivo.

Sir Evaric no volvió a respirar.

El santuario quedó en silencio, un silencio espeso, antinatural.

Un crujido la alertó. Una figura se deslizó frente al altar. El resplandor violeta perfiló la capucha oscura. Runas rojas brillaron en el borde del tejido, vivas como venas abiertas. El desconocido alzó la mano y un fragmento de cristal palpitó bajo una energía corrupta.

Amina lo vio con claridad solo un instante. Antes de que el fulgor la cegara, la figura se volvió. Ojos negros. Vacíos. Sin reflejo alguno. La imagen se grabó en su mente con una precisión cruel.

Y luego el mundo se apagó.

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Despertó de nuevo con un jadeo, la razón envuelta en niebla. El recuerdo de aquellos ojos seguía allí, intacto. Rodó hacia un costado y vio la verja de hierro que separaba la cámara del resto de la fortaleza. La única salida.

Las runas del suelo chispeaban con un brillo opaco. El juramento estaba incompleto.

Un juramento sin honestidad deviene en ruina.”

La voz de Sir Evaric resonó en su mente como una herida abierta.

Probó otra vez sus fuerzas. El dolor fue inmediato, punzante, pero algo cedió. La losa vibró bajo su peso. Con un último esfuerzo, las cuerdas se astillaron contra su pecho y se rompieron.

Amina rodó lejos del altar y quedó de rodillas, jadeando. Las muñecas ardían. Los hombros temblaban. Pero no se permitió detenerse.

Buscó su espada entre fragmentos de cristal y restos de cuerda. La empuñadura fría le devolvió un mínimo de estabilidad. Era el arma de su padre. El peso familiar pareció otorgarle firmeza.

Se puso en pie y avanzó hacia el pasillo, apoyando la mano libre en la pared. El santuario parecía observarla desde cada grieta, desde cada runa corroída. Ella no volvió a mirar atrás.

El corredor se extendía en penumbra. El frío se intensificaba. Cada paso resonaba hueco, amplificado por la soledad del lugar. Un vapor púrpura se filtraba desde una grieta en el suelo. Amina desvió el paso. Sabía que aquello era Furia residual. La tierra aún recordaba la traición.

Avanzó hasta encontrar una inscripción tallada en la pared, apenas legible: Da el juramento o sella la ruina.

No se detuvo a descifrar más. No tenía tiempo ahora.

Subió una escalera estrecha que desembocaba en la antesala de los Juramentados. El espacio se abrió bajo un domo de cristal opaco. En el centro, un mosaico representaba la montaña sagrada y los antiguos pactos grabados en piedra.

Amina inclinó la cabeza apenas un instante.

La puerta principal se abrió de golpe.

Botas de acero resonaron sobre el mármol. Cinco caballeros del Juramento entraron en formación. Al frente, un veterano de rostro curtido y una cicatriz cruzándole la mejilla la observó con atención.

—Amina Ysvalin —dijo—. Por orden del Consejo del Juramento, queda bajo custodia.

Ella alzó la barbilla.

—No he traicionado la verdad.

El hombre sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.

—Eso lo decidirá el Consejo.

No opuso resistencia cuando la escoltaron fuera.

—Baje su arma —gruñó el veterano—. La escoltaremos ante el Alto Consejo; allí responderá por sus actos.




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