El cristal de los juramentos

Sentencia

POV: Amina Ysvalin.

Amina avanzó, sosteniendo su capa con mano firme. Sus guanteletes de acero tintinearon al rozar la empuñadura de la espada que aún descansaba en su cadera. El brazo izquierdo le ardía, pero la rabia cincelaba su coraje. No titubees ahora, se dijo. El honor no concede retirada.

Frente a ella, en el estrado de granito, se alzaba de nuevo la reina regente. Vestía un manto blanco bordado con hilos de plata y, prendido al pecho, un broche que guardaba un diminuto fragmento de cristal intacto, el único vestigio conocido del Juramento Original bajo custodia real.

A su costado, los cinco miembros del Alto Consejo la observaban desde sus asientos elevados, con miradas duras como hielo antiguo. Althar Vel’Erin permanecía de pie, los brazos cruzados, inmóvil, atento como un cuervo esperando el momento exacto para lanzarse sobre la presa.

Nunca imaginé hallar tanta culpa en una corona, pensó Amina. La garganta se le cerró.

La reina alzó la mirada. Sus ojos se fijaron en ella con una intensidad que hizo vibrar las runas del suelo.

—Amina Ysvalin —dijo, con voz grave—. Hemos revisado su testimonio. Es valiente… pero está rodeado de dudas.

Alzó una mano, midiendo el peso de lo que iba a conceder.

—Le encomiendo una empresa que este Consejo no se atreve a asumir. Recuperar el cristal antes de que la sombra alcance Veralidaine.

El murmullo fue inmediato. No de aprobación, sino de miedo.

—Esto —continuó la reina— será la prueba definitiva de su honor… y de su verdad.

Amina sintió el golpe completo de aquellas palabras. No era una misión. Era una sentencia disfrazada.

Las antorchas de cristal arrojaron un resplandor pálido sobre los rostros del Consejo, como si todos fueran testigos de un juramento que ella aún no había pronunciado.

—Su Majestad —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Lo que pide es locura y fe en partes iguales.

Respiró hondo.

—Aun así, no permitiré que la sombra avance sin respuesta.

La reina asintió con gravedad, pero la melancolía se filtró en su expresión.

—El Pacto está roto en demasiados fragmentos —dijo—. Algunos aquí desean enviar ejércitos tras rumores. Otros… depositamos nuestra fe en una sola caballera que apenas comienza a comprender las runas del cristal.

Sus ojos no se apartaron de Amina.

—Debo creer que su valor supera su inexperiencia.

Amina apretó la mandíbula.

—He aprendido más de un solo juramento roto —respondió, alzando la voz lo justo— que muchos en toda una vida de miedo.

El silencio fue tenso. Frágil.

Mientras la reina consideraba su respuesta, un murmullo de pasos firmes interrumpió la tensión.

Khalida Nur-Athar emergió de las sombras con andar sereno. Su capa oscura caía recta sobre los hombros, apenas sujeta por un broche discreto, engastado con una gema del tamaño de un guijarro.

Amina recordó las advertencias de Lyra Fenn. Nadie conocía el pasado de aquella erudita. Algunos susurraban que pretendía reclamar el trono olvidado de la Casa Yssir. Fuera cierto o no, su sola presencia bastó para que la tensión cambiara de forma.




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