POV: Khalida Nur-Athar.
La luna aún se sostenía en lo alto, pálida y lejana, cuando Khalida cruzó el umbral de la Corte de Zhíravë, la sede del Alto Consejo de Veralidaine. Más sabía que el pleno del día siguiente la aguardaba, pero ella se adelantó para observar el silencio de las salas antes de que el bullicio comenzara. Un viento helado agitó su capa, y en las paredes, tallas de runas repelían a los imprudentes, "Quien escuche sin temer, conocerá la ruina; quien pregunte sin reverencia, arriesgará su honor".
En el gran salón, columnas de cristal helado brillaban a los costados, proyectando sombras afiladas que semejaban lanzas. El suelo era un mosaico de piedra oscura y vetas violáceas, dibujando laberintos que, para ojos entrenados, representaban las corrientes de energía cristalina que surcaban el continente. Khalida lo memorizó sin detenerse. Las claves siempre se escondían a plena vista.
Inhaló una bocanada de aire denso y frío. El salón olía a incienso de mirra y a cera quemada.
Avanzó con paso contenido, sin dejar que la rigidez en sus hombros se notara. Los ventanales góticos, altos y estrechos, filtraban un resplandor frío causado por la luna que rebotaba en la nieve exterior. Cada porción de luz formaba prismas en el suelo, como fragmentos de esperanza rota estallando en cristales diminutos. Aquello podía haber inspirado a un bardo; Le procuraba una sensación de vigilancia, sabía que los ojos invisibles del Consejo la observaban antes de verla, leyendo en su aura cada temor y cada deseo oculto.
Con un crujido profundo, la puerta cedió. Un vendaval helado la azotó al entrar en la sala del Consejo, la niebla blanca que comenzaba a cobijar Fortaeron colaba su aliento por los ventanales, pintando de gris la luz de la mañana. Cada columna de cristal tallado capturaba esos matices fríos y los refractaba contra el techo abovedado, sumiendo el salón en un penumbra de reflejos azules y violetas.
Una fila de retratos descendía por el lado derecho de la sala, todos ellos de monarcas antiguos, reyes y reinas que habían empuñado el cetro antes de que la teocracia se convirtiera en ruina. El más cercano a ella mostraba el rostro magro de Selès Nadrah, la Emperatriz que, según las leyendas orales, unió clanes del norte y el sur bajo un mismo Pacto de Luz. Sus ojos de jade, retratados con un brillo casi viviente, parecían evaluar a Khalida, "¿Qué traes en esa mano?", decían sus pupilas pintadas. Khalida apartó la vista.
Sentía los dedos entumecidos en el pergamino que llevaba dentro de su túnica. Aquellas escrituras —párrafos arrancados de la Crónica de Yshal— le quemaban la piel con la sola proximidad del metal que protegía los secretos del Consejo.
Cuando las voces comenzaron, ella ya estaba allí.
En el centro, Amina Ysvalin se erguía con la ayuda de dos caballeros. Sus ojos, vidriosos por el dolor, luchaban contra la respiración entrecortada. Vendas asomaban bajo el dobladillo manchado de rojo, y fragmentos de cristal agrietado temblaban en su capa. Entrecerró los ojos y reconoció, en la mandíbula tensa de la caballera, un esfuerzo titánico por mostrarse firme ante el tribunal. Admirable temple, pensó, pero esas heridas hablan de un enfrentamiento desesperado.
Frente a Amina, la reina regente Asaría Ysvalin ocupaba un trono de coral cristalino, con las manos reposando sobre los brazos tallados en filigrana. A su lado, las cinco sillas semicirculares formaban el hemiciclo del Consejo, cada consejero portaba el emblema de su ramo —Erudición, Defensa, Comercio, Alianza, Juramentados y Magia— bordado en sus capas. A Khalida le costó no tensarse al notar las miradas que se posaban fugazmente en ella; la mayor parte de esos ojos evaluaban el aire, buscando la fuente de la llamada que la había convocado.
Los consejeros tomaron la palabra uno tras otro.
—La niebla avanza sobre los Valles del Sur. Pueblos han caído; el ganado exánime, cultivos marchitos. Si no frenamos esta Furia, nuestra frontera sucumbirá.
—El Gremio de Mercaderes reporta que el precio de los juramentis se cuadruplicó en Port Víra. Nuestra economía está al borde del colapso.
—La resonancia en Colinas Brumales coincide con la bruma creciente. Urge un fragmento auténtico del Juramento Original para sellar la grieta; sin embargo, pruebas apresuradas condenarían inocentes.
Khalida escuchó sin intervenir. Anotó silencios, gestos, temblores mínimos.
Cuando la reina alzó la mano, el murmullo murió.
—Hechicera Nur-Athar —dijo—. Necesitamos su pericia. Ante usted está la testigo de la profanación del Cristal de los Juramentos.
Khalida avanzó un paso. No se inclinó más de lo necesario.
No era la primera vez que se presentaba ante aquel tribunal, lo había hecho en más de una ocasión durante su exilio, cuando se disfrazaba para husmear en archivos prohibidos, pero nunca bajo un mandato tan solemne.
—Su Majestad, mi única lealtad reside en la preservación de Veralidaine —respondió—. No temo las preguntas ni el juicio de este Consejo.
Los cinco consejeros la observaron en silencio; para la mayoría, aquella erudita consultora era un enigma nuevo.
—Me llamo Khalida Nur-Athar —continuó—. No ostento título ni rango cortesano, pero estudio los arcanos de Juramentos y las Crónicas de Yshal desde la infancia. Vengo a ofrecer mi pericia, hablo con honestidad, sin otra lealtad que a la verdad.
El consejero de Erudición, un hombre de barba rala y mirada cenicienta, ladeó la cabeza con curiosidad. Maldrog, veterano del Clero de Érrath y guardián de secretos prohibidos, asintió levemente, él sabía que Khalida era de las pocas capaces de descifrar ese tipo de textos.
—Hechicera Nur-Athar —intervino Maldrog—, ilústrenos, ¿en qué discrepan las runas doradas del Juramento Original y las tintadas de rojo descubiertas en los pasadizos del templo?
Khalida alzó un dedo con delicadeza, exhaló con lentitud y habló.
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Editado: 06.02.2026