El cristal de los juramentos

Susurros de la sangre

Corredor interior de Fortaeron, horas antes del descenso

POV: Amina Ysvalin.

Amina se deslizó tras la última puerta de roble ennegrecido, cerrándola con cuidado para que no gimiera sobre las bisagras. El corredor interior de Fortaeron se extendía ante ella como una garganta de piedra, larga y silenciosa, revestida de tapices cosidos con hilos de plata que absorbían el sonido de sus pasos.

La noche había caído por completo. Las antorchas incrustadas en las pilastras de obsidiana proyectaban sombras inestables sobre las paredes, como si el castillo respirara a destiempo. Cada latido le resonaba en los oídos con más fuerza de la que le hubiera gustado admitir.

Había sido apenas un susurro cuando la reina pronunció su sentencia. No un honor. No una recompensa. Una prueba...

Sostuvo la antorcha con el brazo firme, el mismo brazo que había blandido la espada de su padre en interminables entrenamientos. El peso de la armadura le tiraba de los hombros. Era familiar. Y, aun así, esa noche le resultaba distinto. Más pesado. Como si llevara algo más que acero.

Las paredes mostraban restos de runas antiguas, corroídas por el tiempo. Promesas talladas en piedra viva cuando Aureillon aún creía en la permanencia de los juramentos. A la luz vacilante de la llama, algunas parecían reaccionar, devolviendo destellos apagados, casi resentidos.

Amina no apartó la mirada.

—Amina.

La voz emergió desde un nicho lateral, baja, medida.

Se detuvo al instante, sin sobresaltarse. Reconocía ese tono incluso antes de ver el rostro.

Lyra Fenn avanzó un paso desde la penumbra. Su capa oscura caía recta sobre los hombros, sujeta por un broche de ónice sin adornos. Bajo las lentes de filamento dorado, sus ojos brillaban con una mezcla incómoda de preocupación y cálculo.

—Maestra —respondió Amina, sin inclinar la cabeza—. No debería estar aquí. El Consejo…

—El Consejo no patrulla los pasillos interiores a estas horas —interrumpió Lyra—. Y tú partes al alba.

Amina apretó los dedos alrededor del asta de la antorcha.

—Precisamente por eso no hay tiempo.

—Hay verdades que solo aparecen cuando el tiempo se agota —replicó Lyra, acercándose lo justo para que su voz no viajara—. Y esta es una de ellas.

Un grupo de guardias cruzó el extremo del corredor. El metal de sus armaduras crujió suavemente. Amina contuvo la respiración hasta que el eco se disipó.

—Diga lo que tenga que decir —murmuró—. No me siga rodeando.

Lyra la observó durante un largo instante, como si evaluara cuánto podía romper sin destruirla.

—Rygar Ysvalin.

El nombre cayó con el peso de una hoja desenvainada.

Amina sintió cómo el aire se le detenía en el pecho. Bajó la antorcha apenas un palmo. La llama titubeó.

—No pronuncie su nombre aquí.

—Este lugar fue construido para escuchar juramentos rotos —respondió Lyra—. Tu padre rompió uno en la Brecha de Tormentas.

—Para salvar vidas —replicó Amina, con dureza—. Eso no es traición.

Lyra no negó la afirmación.

—Rompió una ley para obedecer algo más antiguo que la ley —dijo—. Y por eso fue marcado.

Amina desvió la mirada hacia las runas del muro. Sintió un nudo subirle por la garganta, viejo y conocido.

—Toda mi vida —dijo en voz baja— me enseñaron que el honor no admite excepciones.

—Eso es lo que enseñan quienes nunca han tenido que elegir entre dos injusticias.

Amina cerró los ojos un instante. Recordó la cicatriz en la mejilla de su padre, el crujido de su armadura al caminar, el silencio con el que evitaba ciertas historias.

—¿El Consejo lo sabía? —preguntó.

Lyra tardó en responder.

—El Consejo recuerda lo que le conviene recordar.

La respuesta le heló la sangre.

—Entonces esta misión…

—No es solo para recuperar un fragmento —confirmó Lyra—. Es una prueba. Para ti. Para lo que llevas en la sangre.

Amina apretó la mandíbula.

—¿Khalida lo sabe?

—Sospecha —dijo Lyra—. Y eso basta para que seas observada.

Amina soltó una risa breve, sin humor.

—Siempre observan a los Ysvalin.

—Por miedo —añadió Lyra—. No por desprecio.

Alzó la mirada, buscando el rostro de su mentora.

—¿Por qué decírmelo ahora?

Lyra sostuvo su mirada, sin evasivas.

—Porque el apellido que llevas no te condena. Pero la ignorancia sí. Y porque no quiero que desciendas a esa cámara creyendo que el mundo es más justo de lo que es.

Un crujido lejano las alertó.

—Debo partir —dijo Lyra—. Khalida me espera en la Biblioteca de Cristal.

Antes de irse, se volteó a verla.

—Cuando el cristal te hable, no le respondas como caballera. Respóndele como alguien que puede elegir.

Lyra desapareció entre las columnas.

Amina quedó sola.

Apoyó la mano sobre las runas antiguas. La piedra estaba fría. Inmóvil. Indiferente. Como la historia.

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A la primera luz del alba, cuando el hielo aún crujía bajo las botas, los clarines del salón del Trono repicaron con notas que rasgaban el silencio. Alzó la mirada con el ceño fruncido y un leve mareo recorriéndole los oídos—aquel zumbido era el fantasma del síndrome de ruptura—mientras sus placas de armadura reflejaban destellos inciertos de la luz naciente. Cada hebilla apretaba su costado como un juramento antiguo y, en lo profundo de su mente, resonaba la advertencia de Lyra.

A su lado, Sir Kaelen Dorn y Sir Casian Dorn formaban un semicírculo impecable. Evaric, veterano curtido en vientos glaciales, mantenía la postura erguida pese al crujido de su coraza; Casian, joven yeteno, empuñaba la lanza grabada con runas menores, lista para pinchar la sombra. Entre ambos, el magister Olveran Krest apretaba nervioso un volumen de goma cristalina, sus dedos temblorosos.




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