Lyra
El suelo bajo mis botas huele a tierra mojada, a estiércol y a ese barro hediondo que se te mete entre las uñas y nunca sale por más que te frotes. La lluvia de la madrugada aflojó el barro de las calles y dejo todo hecho un asco, pero la verdad me da exactamente igual. Mis dedos están negros de carbón y mugre, sujetando con fuerza el único pincel gastado que logré rescatar del taller de carpintería del señor Chust, un señor regordeto y chistoso que se queja por qué si y porque no, él me regala madea limpia la cual uso para poder pintar, me los regala porque sabe que para mí, cualquier pedazo de madera limpia o trozo de tela rota es un lienzo esperando a ser usado por mi.
A mi lado, mi madre Alisha intenta limpiar las pocas verduras arrugadas que logramos conseguir en el mercado antes de que se pudran por la humedad, las cosas están subiendo de precio increíblemente rápido y se que mi madre también lo sabe aunque siempre dice que es por las malas cosechas veo como se pasa la mano por la frente, dejando una estela de tierra en su piel cansada, mientras mi padre Tom refunfuña a unos pasos, quejándose por décima vez en la mañana de que la espalda ya no le da para seguir cargando sacos de grano tan pesados.
De pronto, la brisa cambia y me quedo completamente congelada, con el trazo a medio hacer.
Arriba, cortando las densas nubes grises que siempre sofocan a las personas de tierra firme como yo, se ve una gigantesca roca oscura y con murallas de hierro que flota en el vacío como las otras islas flotantes que las personas como yo jamás podremos pisar. Es una de las fortalezas flotantes de la Casa Azazel. Siempre está ahí, suspendida en la nada, tan brillante y majestuosa cuando le da el sol de la mañana que parece tallada en luz pura, se mueve muy rara vez por las corrientes de aire Pero nunca se aleja del pueblo.
Me quedo atónita mirándola. Me pregunto ¿ cómo se sentirá estar allá arriba? Y si el aire olerá a limpio o si las personas de la nobleza jamás han tenido que limpiarse el barro de los tobillos. Sueño con el viento pegándome en la cara desde un acantilado que flota en las alturas.
—¡Lyra! —el grito de mi padre Tom me saca de golpe de mis pensamientos.
Viene caminando a pasos agigantados, cargando dos cubos de agua pesados que hacen crujir sus articulaciones. Me mira con resignación y con ese ceño fruncido que se le forma cada vez que se desespera conmigo.
—¡Atenta a lo tuyo, muchacha! Te vas a cortar un dedo con las herramientas o vas a dejar caer la comida al barrizal ¿Qué tanto miras para arriba? ¡Ahí no se te ha perdido nada!
—Solo estaba mirando, papá —respondo rápido, tratando de poner mi mejor cara de inocente mientras escondo a la espalda el trozo de madera donde intentaba capturar la forma exacta de la isla flotante.
Mi padre Tom deja los cubos en el suelo con un golpe seco que salpica barro a nuestras piernas, resopla con fuerza y me señala con su índice lleno de cayos por el trabajo duro.
—Deja de ser tan soñadora, Lyra. Esa gente de allá arriba ni sabe que existimos, y mirar el cielo no nos va a dar de comer hoy. Pon los pies en la tierra de una vez por todas.
Yo solo me río. No puedo evitarlo. Me limpio la nariz con la manga de mi suéter, dejándome una mancha de hollín en la cara, y le doy un empujón juguetón a uno de los sacos.
—Si no sueño yo en esta casa, ¿quién lo va a hacer por nosotros, papá ?Además, no tiene nada de malo mirar lo que hay allá arriba el cielo es de todos.
Mi madre Alisha suspira con una sonrisa resignada mientras niega con la cabeza, y mi padre intenta mantener la cara de bravo, pero sé que en el fondo se le ablanda el corazón cuando me ve sonreír. Vuelvo a agarrar mi vegetal para limpiarlo, aunque cada tres segundos levanto los ojos disimuladamente hacia las nubes.
Hay algo en esa isla flotante, algo en la forma en que domina el horizonte, que tira de mí con una fuerza que no puedo explicar. Es como si el cielo me estuviera llamando o tal vez sean las lombrices de mi estómago que se alborotaron por el hambre.
Tragué la última cucharada con ganas. La sopa de zanahoria siempre ha sido mi favorita, y no sé si es porque mi madre me dice "zanahoria" desde chiquita por la melena pelirroja y despeinada que me carga la cabeza, o si es que de tanto comerla en esta casa ya terminó por encantarme, pero es un manjar.
El vapor caliente de la taza me reconfortó un poco el pecho mientras miraba la última cucharada de mi sopa aguada. Al menos la comida de mi madre siempre lograba hacer que el barro de afuera se sintiera un poco más lejano.
—Come rápido, Lyra. Quiero que termines todas tus tareas de una vez y sueltes ese cuaderno de dibujo, que no sirve para nada —sentenció mi padre Tom sin levantar la vista de su plato, rompiendo con dureza un pedazo de pan duro.
—Papá, a mí me gusta dibujar —protesté en voz baja, abrazando instintivamente con las rodillas el gastado cuaderno de bocetos que llevaba escondido bajo la mesa.
—Sí, pues a mí me gusta que mi hija haga su trabajo y no lo está haciendo ¿Cuándo vas a dejar de soñar, Lyra? Tienes diecisiete años —repuso con el tono pesado de quien ya ha dicho lo mismo mil veces.
Me quedé callada un segundo, sintiendo cómo se me apretaba el estómago. Quise decirle que en mis hojas el mundo no oía a cerdos ni olía a podrido, que en mi cuaderno las islas de allá arriba no eran inalcanzables, sino un lugar accesible para mi. Pero solo suspiré, me apuré a terminar el resto de la sopa de un sorbo y dejé la taza de madera en la mesa con cuidado.
—Ya terminé —murmuré, poniéndome de pie antes de que empezara otro regaño.
Salí de nuevo al patio húmedo. El aire frío de la tarde me dio de lleno en la cara, trayendo consigo el olor a tierra mojada y ese murmullo constante de la gente del pueblo batallando con la mugre. Me senté sobre un cajón de madera desgastado, al lado del corral de los cerdos, y saqué el cuaderno. Con los dedos aún manchados de carbón, repasé las líneas de la isla flotante que había empezado en la mañana.
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Editado: 17.09.2026