Lyra
Estaba sentada sobre la caja de madera rota cerca del corral, intentando arreglar la sombra de una de las torres flotantes con la punta de mi lápiz gastado, cuando la sombra pesada de mi padre se proyectó sobre el papel.
—Lyra, guarda eso ya. Acompañame al mercado a comprar el pan y lo que alcance con las monedas de cobre que quedan —dijo, pasándose una mano cansada por la frente.
Suspiré, cerré el cuaderno con cuidado para no correr el carbón y lo escondí bajo mi chaleco desgastado. Caminamos en silencio por las calles estrechas y enfangadas del pueblo. El mercado era el corazón ruidoso de nuestra rutina: olor a pescado frito, verduras pasadas, gritos de vendedores buscando vender la última mercancía, vecinos esquivando el barro acumulado en las esquinas y muchos señores de edad cargando la nueva mercancía que traen los barcos que surcan el las nubes.
Nos detuvimos frente al puesto de Doña Martha, una mujer robusta que nos conocía desde que yo era una niña y que siempre tenía una sonrisa generosa, a pesar de las arrugas que la vida le había marcado en la cara.
—¡Buenas tardes, Tom! Hola, mi zanahoria —nos saludó mientras acomodaba unos panes algo duros en el mostrador—¿Lo de siempre?
—Sí, Doña Martha, lo que nos alcance con esto —respondió mi padre, dejando caer un puñado de monedas de cobre desgastadas que sonaron secas contra la madera.
Doña Martha empezó a envolver el pan en un trapo limpio y nos miró con complicidad.
—Ay, Tom, los hijos crecen tan rápido... Mi hija mayor ya se nos casa el mes que viene. Un buen muchacho del pueblo, trabajador. Ya era hora de que sentara cabeza, mi muchacha ya estaba en la edad de que se le iba el barco si no buscaba a un hombre rápido.
Mi padre soltó una risa amarga y me miró de reojo.
—Qué suerte la tuya, Martha. La mía dudo que se case algún día.
Doña Martha se detuvo un segundo, sorprendida, y arqueó una ceja mientras me miraba a mí y luego a él.
—¿Y eso por qué, Tom? Si Lyra es una muchacha bonita y buena
—Porque es muy soñadora —contestó él con voz pesada, sacudiendo la cabeza—Vive con la cabeza metida en las nubes, dibujando tonterías y mirando para arriba como si fuera a volar. Ningún hombre en este pueblo busca a una mujer que no tenga los pies puestos en la tierra.
Sentí que las mejillas se me calentaban, pero en lugar de bajar la cabeza o ponerme a discutir con él en medio del mercado, lo miré a los ojos, le sonreí de lado y le di un codazo suave en la costilla.
—Sonríe, papá —le dije con tono burlón, tratando de suavizarle la cara de amargura— Míra el lado positivo, me vas a tener toda tu vida para ti.
Doña Martha soltó una carcajada limpia que resonó entre los puestos, mientras mi padre intentaba aguantarse la sonrisa, aunque la comisura de sus labios lo delató por medio segundo antes de volver a poner su cara seria de siempre.
Le sonreí, y ella decía" está niña" mientras terminaba de amarrar el paquete con un pedazo de cordel viejo, mirando a mi padre con la comprensión de quien ya ha recorrido ese mismo camino.
—Ay, Tom, no te preocupes, de seguro sentará cabeza rápido —dijo acomodando el pan sobre el mostrador— La mía era similar, siempre con ganas de explorar hasta que un día dejó de interesarle esas cosas, la vida aquí se encarga sola de aterrizar a cualquiera, ya verás
Mi padre recogió el paquete de pan, se guardó el cambio en el bolsillo del pantalón y suspiró con un peso que parecía sacado del fondo de la tierra.
—Los dioses te oigan, Martha, los dioses te oigan... porque al paso que vamos tendré que secuestrar a un hombre para que se case con ella.
Doña Martha volvió a reír con ganas, y hasta la vendedora del puesto de al lado volteó a sonreír. Yo solo rodé los ojos, aunque por dentro sus palabras me dejaron un sabor agrio en la boca.
"Dejó de interesarle esas cosas"
Miré a la hija de Doña Martha a lo lejos, parada junto a un cajón de manzanas, con la mirada apagada y los brazos cruzados, esperando pacientemente a que la vida le pasara por encima. Me dio un escalofrío. Si madurar en Tierra Firme significaba renunciar a mirar al cielo, borrar los trazos de mi cuaderno y aceptar que mi destino era atrapar a un hombre para que me mantenga, entonces no quería sentar cabeza jamás.
—Vamos, Lyra, no te me quedes atrás —me llamó mi padre, tomándome del hombro para abrirnos paso entre la multitud del mercado.
Ajusté el cuaderno bajo mi chaleco, sintiendo el borde duro del papel contra mis costillas. Caminé a su lado en silencio, esquivando los charcos oscuros del suelo, pero con la mirada clavada una vez más en las nubes, jurándome a mí misma que mi historia no terminaría atrapada en un puesto de verduras.
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Editado: 17.09.2026