El Cuarto Trazo

CAPITULO 3: ¿NO ERES DE POR AQUÍ?

Lyra

El olor a grasa frita y pescado rancio del mercado comenzaba a volverse insoportable a medida que el sol se escondía. Mi padre se detuvo frente a un puesto abarrotado de gente, contando las pocas monedas de cobre que le quedaban en la palma de la mano.

​—Quédate aquí, Lyra. No te muevas —me ordenó, señalándome con el dedo— Voy a intentar conseguir un pedazo de carne para la cena antes de que se venda lo poco bueno que queda. Si me dejas solo en la fila, nos quedamos sin nada.

​—Está bien, papá. Aquí me quedo —respondí, apoyándome contra la pared de madera de una choza vieja para no estorbar el paso.

​Ajusté mi cuaderno bajo el brazo y me dediqué a observar a la gente. Fue entonces cuando lo vi.

​Salía de un callejón estrecho y oscuro, dando pasos torpes sobre el barro. Era un hombre alto, envuelto en una capa fea que no lograbas saber si alguna vez había sido azul o negra. Pero lo que me llamó la atención de inmediato fue que no parecía de aquí. La gente de Tierra Firme camina encorvada, mirando el suelo, con la piel curtida por el sol y las manos llenas de cayos; este hombre tenía una postura extraña, una piel demasiado pálida y unos ojos oscuros que parecían mirar a través de las cosas, como si estuviera completamente vacío por dentro.

​Se sostenía el abdomen con fuerza con una mano temblorosa. Entre sus dedos, la tela de su túnica estaba empapada de un líquido oscuro que no era barro, me asusté de inmediato, los delincuentes en esta zona no eran comunes Pero no estaban extintos.

​Dio dos pasos más y tropezó contra un puesto de la esquina, a solo un par de metros de mí. Levantó la vista con esfuerzo, clavando esa mirada perdida en mi cara.

​—Tú... muchacha —su voz sonó áspera, como si raspara contra el suelo al hablar— ¿Dónde... dónde están los muelles de los barcos?

​Lo miré con cautela, apretando el cuaderno contra mi pecho, pero al ver la sangre que se le filtraba entre las manos, la curiosidad le ganó al miedo.

​—Tiene que ir derecho por esta calle principal —le dije, señalando con la mano hacia el oeste—Al fondo encontrará un camino de piedra que baja hacia el acantilado. Siga ese sendero y llegará directo a la zona de desembarco de las naves del aire.

​El hombre exhaló un suspiro pesado, un temblor le recorrió los hombros y asintió levemente, como si esa simple indicación le hubiera devuelto un segundo de aliento.

​—El camino... entiendo —murmuró.

​Lentamente, con la mano que no sostenía su herida, buscó dentro de los pliegues de su capa desgastada. Sacó un objeto rectangular envuelto en un trapo de lino sucio y me lo extendió.

​—Toma.

​Al desdoblarse un poco la tela, vi la esquina de una pasta de cuero envejecido, con bordes de metal desgastado y grabados en el lomo que nunca en mi vida había visto. Mi corazón dio un vuelco de pura fascinación, es el primer libro real que veía desde que tengo memoria.

​—No tengo dinero para pagártelo, señor —dije de inmediato, dando un paso atrás y levantando las manos— Mi padre solo tiene unas cuantas monedas para la carne y...

​—No te estoy pidiendo cobre, muchacha —me interrumpió él, fijando sus ojos vacíos en los míos con una intensidad que me erizó la piel—Te lo doy en agradecimiento por haberme ayudado. Tómalo... antes de que sea tarde.

​Antes de que pudiera protestar de nuevo, me puso el paquete de cuero entre las manos. Su piel estaba helada, tan fría que parecía la superficie de una piedra a la sombra.

​—¿No eres de por aquí? —le pregunté de golpe, incapaz de contener la duda mientras apretaba el libro contra mi pecho, porque soy demasiado chismosa sin vida personal real.

​El hombre se detuvo un segundo y me miró de reojo.

​—No.

​—¿Y entonces de dónde eres?

​—De las nubes —respondió con voz áspera.

​Dicho esto, dio un traspié, se dio la vuelta y comenzó a arrastrar los pies, desapareciendo entre la multitud del mercado tan rápido como si el propio viento se lo hubiera llevado.

​Me quedé parada en medio del callejón, con el corazón latiéndome a mil en el pecho y los dedos temblando sobre la textura del libro envuelto, ahora que me lo cuestionaba que tal que fuera un asesino y me dió el libro de ¿Como planeo el crimen? Ay, en mi defensa el libro se ve inofensivo lo leeré en mi habitación y si es algo raro lo enterrare, total a nadie de este pueblo le gusta leer.




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