Lyra
Caminé de vuelta a casa pegada a la espalda de mi padre . Orgulloso de su logro del día, sacó de su bolsillo el pequeño envoltorio de papel y me mostró el pedazo de carne que había conseguido rescatar. No era gran cosa, apenas un trozo duro y grasoso con más hueso que otra cosa, pero para nosotros en Tierra Firme eso era un verdadero festín. Sonreí para complacerlo, aunque por dentro la mente me daba vueltas y los dedos me picaban por la ansiedad; traía el paquete de cuero bien escondido entre el chaleco y mi cuaderno de bocetos, apretándolo contra mis costillas a cada paso.
Llegamos, mamá preparó la cena y comí lo más rápido que pude sin levantar sospechas. En cuanto lavé mi plato de madera, me despedí con una prisa disimulada y me fui directo al rincón que servía de habitación.
Esperé en la oscuridad a que los ruidos de la casa se apagaran. Cuando los ronquidos pesados de mi padre y el respirar pausado de mi madre confirmaron que dormían, me escurrí bajo las cobijas y encendí con torpeza la vela pequeña que guardaba escondida.
Con mucho cuidado, desenvolví el trapo
El libro era pesado, de un cuero tan viejo que olía a polvo, de seguro esto despertaría todas mis alergias. Al abrir la primera página, me quedé sin aliento. Las hojas no eran de papel común; parecían hechas de un pergamino grueso, suave al tacto pero resistente. Y sobre ellas no había palabras normales.
Eran trazos. Dibujos raros y hermosos, líneas perfectas que se cruzaban formando más dibujos y símbolos que parecían brillar bajo la luz de la vela. El corazón me empezó a latir con fuerza en la garganta. Recordé de inmediato las historias que mi madre me contaba en voz baja cuando era niña, aquellas leyendas de las que nadie hablaba en voz alta por miedo a llamar a la mala suerte.
Era el Krakor. El idioma mágico del cielo.
Un crujido pesado en las tablas del piso me heló la sangre.
—¿Lyra? ¿Qué haces despierta a estas horas? —la voz de mi padre sonó desde el marco de la puerta, acompañada por la luz tenue de su propio candil.
El pánico me dominó. Intenté ocultar el libro de golpe bajo las sábanas, pero fue demasiado tarde; él ya lo había visto. Mi padre dio tres pasos rápidos y me arrebató la gruesa cubierta de piel, frunciendo el ceño con una mezcla de enojo y sospecha.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó con dureza, pasándose la mano por los ojos mientras inspeccionaba las pastas viejas— Dime que no te robaste nada del mercado, muchacha. ¡No quiero a los guardias derribando nuestra puerta!
—¡No, no lo robé! Me lo dieron... un vendedor me lo regaló porque estaba viejo —mentí de golpe, sintiendo el sudor frío en las palmas de las manos.
Mi padre hojear con cautela las páginas de pergamino. Se quedó mirando los dibujos y los símbolos que jamás había visto en su vida. Al no ver números de cuentas, sellos de comercio ni el nombre de ninguna casa noble en letras comunes, soltó un largo suspiro de alivio.
—Bah... puras tonterías —murmuró sacudiendo la cabeza, devolviéndome el libro con brusquedad—Un puñado de garabatos inútiles que alguien tiró a la basura. Duérmete ya, Lyra. Mañana hay que madrugar y no quiero verte arrastrando los pies.
—Sí, papá. Ya voy a dormir.
Sopló la vela del pasillo y sus pasos se alejaron. Me quedé a oscuras en la cama, no entiendo porque ese sujeto me dió este libro, tal vez no sirve, aunque sus dibujos son muy lindos.
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Editado: 17.09.2026