LYRA
Apenas el sol empezó a asomarse por las rendijas de las tablas de mi cuarto, me levanté sin hacer ruido. Mi padre todavía roncaba en la otra habitación y mi madre apenas se removía entre las cobijas. Me acomodé en el rincón más oscuro, con las piernas cruzadas en el suelo frío y el libro abierto sobre las rodillas.
El aire de la mañana estaba helado, pero mis manos sudaban. Pasé las páginas con un cuidado ,acariciando los bordes del pergamino gastado. Cada página tenía marcas hechas con una precisión increíble, trazos finos como hilos y otros gruesos como ramas, todos unidos en formas que jamás había visto en las herramientas ni en los mapas del pueblo.
No necesitabas ser un sabio para darte cuenta de que esto no era un dibujo cualquiera. Era algo distinto.
Tragué saliva. La curiosidad me estaba comiendo viva, pero no soy tonta. Las historias sobre la gente que jugaba con estas cosas y terminaba mal me venían a la mente como un balde de agua fría. Si iba a intentar copiar una de estas formas, tenía que hacerlo bien. Un trazo torcido, una esquina mal hecha o una mano temblorosa podían arruinarlo todo.
Busqué a tientas bajo mi cama el frasco de barro donde guardaba mi tinta casera, hecha con raspadura de hollín de la estufa, un poco de agua y gotas de resina para que no se borrara fácil. Acomodé a mi lado tres tablas de madera limpia que le había robado al taller la semana pasada. Agarré mi pincel de madera, el que tenía los pelos más finos y amarrados con hilo.
Apoyé la punta del pincel sobre la primera tabla. La mano me temblaba tanto que la primera gota cayó mal, dejando una mancha negra en la madera.
—Maldita sea... —murmuré entre dientes, limpiando el error con la manga.
Respiré profundo. Cerré los ojos tres segundos, solté el aire despacio y volví a mirar el libro. Escogí uno de los símbolos más simples del borde de la página: una línea curva que se cerraba en una espiral pequeña con tres puntos abajo.
Apoyé el pincel de nuevo. Esta vez no dudé. Mover la mano para dibujar siempre ha sido lo único que se me da bien en la vida, pero esto exigía algo más. El libro no pedía solo un dibujo bonito; pedía exactitud. Si la curva era muy ancha, el símbolo se veía raro, como si le faltara fuerza. Si los puntos quedaban muy juntos, no se parecía en nada al modelo.
Practiqué en la primera tabla hasta que no quedó un solo hueco limpio. La llené de intentos fallidos: líneas gruesas, curvas chuecas, espirales torcidas.
Pasaron las horas. Escuché a mi madre levantarse, el ruido de los platos, a mi padre salir a trabajar gritando algo sobre las patatas. No me importó. Me quedé encerrada en mi rincón, concentrada únicamente en el camino de la negra sobre la madera.
En la segunda tabla, los trazos empezaron a salir más fluidos. Mi muñeca ya no se sentía rígida. Entendí el ritmo: la línea tenía que empezar con fuerza, volverse delgada en el centro y terminar con un golpe seco.
Para cuando tomé la tercera tabla, el sol ya iluminaba de lleno mi habitación. Mojé el pincel en la tinta de hollín, tomé aire y dibujé el símbolo de un solo tirón, sin pausar, sin dudar.
Me quedé mirando el resultado. Era idéntico al del libro. La misma curva limpia, la misma espiral apretada, los mismos tres puntos exactos. Un escalofrío me recorrió la espalda de la pura emoción. Mis manos estaban negras de hollín, mis ojos cansados, pero la satisfacción que sentía en el pecho era enorme.
Miré la tabla, luego miré el libro y finalmente bajé los ojos hacia mi propio brazo izquierdo.
La piel de mi antebrazo estaba pálida, limpia. Me quedé mirando el espacio entre mi muñeca y el codo. La madera era una cosa, pero la piel... la piel era para siempre.
Volví a mojar la punta del pincel en la tinta oscura. Una gota negra quedó latiendo en las cerdas, a punto de caer. Despacio, levanté la mano y acerqué la punta de madera a un centímetro de mi piel.
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Editado: 17.09.2026