El Cuarto Trazo: El despertar

CAPITULO 6: LA PRIMERA RUNA

LYRA

No era solo dibujar por dibujar; la madera me había servido para soltar la mano, pero el pergamino lo dejaba muy claro en esas anotaciones diminutas: el trazo sin la voz no era más que tinta muerta.

​Tomé aire, sintiendo el aire frío de la mañana llenarme los pulmones.

​Con un pulso firme , apoyé las cerdas sobre la carne pálida de mi antebrazo. Dibujé la primera curva de un solo tirón. La tinta de hollín se sintió fría sobre la piel, pero no dudé. Hice la espiral apretada, bajé la línea recta con la exactitud que había practicado mil veces en la tabla y rematé con los tres puntos perfectos cerca de las venas de mi muñeca.

​El dibujo estaba ahí. Negro, húmedo, exacto al del libro.

​Faltaba el último paso. Bajé la vista hacia las letras diminutas marcadas justo debajo del símbolo. No tenía idea de qué significaban, pero las memoricé repitiéndolas en mi mente. Abrí los labios y, en un susurro apenas audible que raspó en mi garganta, pronuncié las palabras:

​—Ignis... krakor velum.

​El mundo se detuvo por un segundo.

​La tinta negra en mi brazo no se secó; en su lugar, comenzó a brillar con un rojo ardiente, como si tuviera carbón encendido metido bajo la piel. Un cosquilleo violento me recorrió la carne y la marca empezó a vibrar con tanta fuerza que el brazo me temblaba solo.

​De repente, la tinta no aguantó más la piel y brotó hacia arriba en una ráfaga de chispas.

​Del trazo no salió humo, salió fuego puro. La llama no me quemó, pero se moldeó en el aire a medio metro de mi cara hasta tomar la forma de un zorro pequeño, hecho completamente de brazas vivas y luz dorada. La criatura soltó un chasquido que sonó como madera ardiendo en la estufa y echó a correr por la habitación.

​—¡No, no, no! —tragué saliva aterrada, pegándome de espaldas contra la pared, mi padre me va a matar

​El zorro de fuego saltó sobre mi cama, cruzó el escritorio dejando una estela de chispas que flotaban en el aire sin quemar las sábanas, dio una vuelta rápida alrededor del marco de la puerta y saltó hacia el techo. Antes de que pudiera tocar las vigas de madera de la casa, la figura del animal se desarmó en decenas de lenguas de luz brillante que se desvanecieron en la penumbra de la habitación, dejando solo el olor a aire limpio tras una tormenta, me apresure a apagar el fuego de la estufa.

​Me quedé sentada en el piso, respirando a bocanadas, con los ojos abiertos como platos y el corazón a punto de salírseme del pecho, no pensé que funcionaría, ¿Porque me darían un libro de magia a mi? Cometí un error, un error muy grande

​Bajé lentamente la mirada hacia mi muñeca. La tinta de hollín había desaparecido. En su lugar, el dibujo estaba grabado a fuego directamente en mi piel, brillando con un tono rojizo que comenzaba a apagarse lentamente.




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