El Cuarto Trazo: El despertar

CAPITULO 7: ¿MI FINAL?

Lyra

El zorro de fuego había desaparecido, pero el regalo de bienvenida que me dejó el cielo estaba a punto de llegar.

​Primero fue una pequeña punzada detrás de las costillas. Nada grave, pensé; tal vez solo el susto de ver a una bestia hecha de brasas pasearse por mi habitación. Pero en cuestión de dos segundos, esa punzada se transformó en un infierno que se extendido directamente en el centro de mi pecho.

​El calor me dobló por la mitad. Caí de rodillas sobre las tablas del suelo con un golpe seco que me sacó todo el aire de los pulmones.

​—Qué buena idea, Lyra —me dije en un pensamiento sofocado, mientras arañaba el piso buscando algo de frío— Excelente plan. Excelente intuición artística.

​El dolor no se parecía a nada que hubiera sentido antes. No era como quemarse con la estufa o rasparse las rodillas en el barro del mercado; esto venía desde adentro, como si me hubiera tragado un carbón encendido y se hubiera quedado atascado justo debajo del esternón. El cuerpo se me acalambró por completo. Me dejé caer de lado y empecé a girar en el suelo sobre la mugre y el polvo, retorciéndome como un gusano al que le acababan de tirar sal encima.

​Me apreté el pecho con la mano derecha, sintiendo que la piel del tórax me ardía tanto que en cualquier momento me iba a salir humo por la camisa.

​«Te lo dijeron, estúpida», me recriminé a gritos por dentro, con los ojos apretados y las lágrimas de puro ardor saliéndoseme por las esquinas. Mi padre llevaba diecisiete años diciéndome que Soñar No Servía Para Nada, que Poner Los Pies En La Tierra era la única forma de sobrevivir, y yo ahí estaba, rodando por el suelo de mi cuarto, a punto de achicharrarme por dentro solo por querer jugar a ser pintora. Si me moría en este instante, mi padre ni siquiera tendría que molestarse en buscarme a un pobre miserable en el mercado para que se case conmigo ,solo tendría que juntar mis cenizas con una escoba y tirarlas al corral de los cerdos.

​Vaya forma tan ridícula de morir a los diecisiete años. Ni siquiera me iba a matar algo verdaderamente increíble, me iba a matar mi propia curiosidad

​El calor subió por mi cuello, abrasador, asfixiándome. Sentí que los pulmones se me secaban como hojas en verano. Intenté gritar, llamar a mi madre , pedir perdón por no haber limpiado las verduras esta mañana, pero de mi garganta solo salió un silbido miserable y caliente, como el aire que sale de un horno viejo.

​El dolor alcanzó su punto máximo, retorciéndome la espalda en un arco violento contra las tablas. Cerré los ojos con fuerza, esperando el golpe final, convencida de que en el siguiente segundo me iba a deshacer en un montón de cenizas negras sobre el piso de mi casa y lo peor es que no había desayunado




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